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Francisco Carrión

HISTORIAS

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El periodismo que defiendo

“Tome fotografías, por favor”. Fueron las únicas palabras que me dirigió el sacerdote copto Butros la mañana del 10 de octubre de 2011. Una veintena de manifestantes cristianos había muerto la víspera a manos del ejército en las inmediaciones de la sede de la televisión pública y sus cuerpos se amontonaban en aquella precaria morgue cairota donde el cura guiaba a la comitiva de voluntarios. Recuerdo la estancia de baldosas blancas y ajadas que, a falta de refrigeración, luchaba contra los estragos de la descomposición con las débiles astas de un ventilador. Y entonces la responsabilidad de contarlo –con todas las dudas éticas que activa el dolor ajeno- volvía a hacer del periodismo un ejercicio imprescindible. Suelo unir esa escena de desgarros y nudos a las imágenes que conservo de los 18 días en los que la plaza Tahrir de ElCairo fue el centro del mundo. En ambas late lo que el periodista estadounidense Truman Capote llamó “el desmoralizador abismo de la realidad”. Los egipcios –hartos de décadas de corrupción, impunidad y autocracia- iniciaron el 25 de enero de 2011 un camino que carece aún de estación final. Tomaron las calles pacíficamente y convirtieron el final de sus miedos en un acontecimiento histórico de relevancia internacional.

Desde el minuto cero, los periodistas intentamos relatar el formidable cambio social que, tras el triunfo de la Revolución de los Jazmines en Túnez, alcanzaba de lleno el país más poblado del mundo árabe. Pero, ¿cuál fue el papel de la prensa internacional en las revueltas? Para responder al interrogante, citaré algunas certezas que reafirmé en aquella experiencia. La más esencial tiene que ver con el modo de trabajar: Por mucho que los avances tecnológicos hayan conectado el mundo, el reportero necesita estar físicamente donde se fragua la transformación. Es la única manera de garantizar cierta calidad. Evidentemente el producto final es resultado de muchísimos condicionantes. Algunos dependen de quien comunica: Su preparación, su conocimiento sobre el país en cuestión, la lucidez de su mirada, el grado de honestidad y compromiso, su capacidad de entrega o su habilidad para aprehender la mayor cantidad posible de pedazos de realidad evitando contaminaciones interesadas o fueras de campo demasiado extensos. Todo lo anterior podría naufragar si no existe una mínima destreza para zurcir las palabras y elaborar el mensaje.

Otras limitaciones, en cambio, vienen dadas por unas circunstancias que siempre pueden ir a peor. En el calendario del despertar egipcio, por ejemplo, hay una fecha especialmente dramática para los periodistas: El 28 de enero. Aquel día, en un fallido intento de impedir las manifestaciones multitudinarias, las autoridades interrumpieron los servicios de telefonía e internet. La medida tenía como principal objetivo cortar el cordón umbilical que había servido para convocar las protestas pero nos afectó a quienes debíamos denunciar ante el mundo una de las jornadas más brutales en la que decenas de personas perdieron la vida. La noche en la que la policía huyó en desbandada y el Ejército irrumpió en el callejero mientras la anarquía se apoderaba del país, mi crónica y la de otros compañeros llegaba a su destino por puro azar. La mayoría éramos freelance pertrechados de cámara y portátil pero desprovistos de un teléfono satelital. Al final, los minutos cedidos por un equipo de televisión me sirvieron para dictar aquella nota de cargas policiales, gases lacrimógenos, llamas y piedras que golpeaban cabezas y cuerpos.

[pullquote]”Apostar por estancias permanentes en lugar de visitas esporádicas marcan los latidos del periodismo auténtico que nos reconcilia con un oficio maltratado”[/pullquote] Antes incluso de ser transmitida, la información es fruto también de la apuesta editorial, las restricciones de espacio o elmimo de unas secciones y unos medios de comunicación inmersos en una crisis de identidad que se ha visto agravada por una cuenta de resultados en números rojos. Ese cúmulo de circunstancias personales, profesionales y empresariales gestaron la cobertura que, por ejemplo, la prensa española ofreció de las revueltas y que contribuyó a encender las alarmas de la comunidad internacional. De algún modo, los reporteros hicimos de correa de transmisión para que la diplomacia occidental entendiera que el cambio se había vuelto inevitable.

A posteriori, algunos han criticado un tratamiento informativo que –a su juicio- popularizó términos como el de primavera árabe y acabó comparando los levantamientos populares de esta región del mundo con las oleadas democráticas que en décadas anteriores germinaron en Europa del sur, central y oriental o América Latina. Quienes así piensan suelen también reprocharnos a los plumillas que relatamos la victoria ciudadana de Tahrir nuestra incapacidad para anticipar el triunfo electoral de los representantes del islam político. A mi modo de ver,  no era esa la finalidad del trabajo diario y humilde que debíamos hacer durante la revuelta. Las crónicas, los reportajes o las entrevistas de entonces se encargaron de captar un movimiento muy heterogéneo desprovisto de liderazgo y cohesionado en torno al sueño coyuntural de derribar al autócrata. No se trataba, en ningún caso, de crear textos históricos ni tribunas de opinión. A propósito del reportaje, el poeta y filósofo alemán H. M. Enzensberger desglosa hábilmente un puñado de requisitos: “Profundidad, paciencia, capacidad narrativa y sobre todo empatía, introducirse uno mismo dentro del tema que está tratando. Es un trabajo que no se puede comenzar si se parte de una idea preconcebida. Debo acercarme a las cosas fingiendo casi ignorancia, intentando captar las vivencias y la experiencia de los que participan en la historia”.

El ensayista recomienda una “aproximación neutra y fría” que no conduzca inexorablemente por el camino trillado de “demostrar ciertas opiniones”. Luego, una vez efectuado la investigación de campo, llegará el tiempo de desplegar la “dialéctica de los sentimientos”. Quizás resulte poco ortodoxo admitirlo pero reconozco haber llorado cuando, de regreso de Tahrir, trataba de reconstruir los hechos a través del testimonio de sus verdaderos protagonistas. Por lo que me contaron otros colegas, no era una reacción aislada.  Resulta imposible ejercer el buen periodismo en circunstancias tan duras como las que jalonaron las jornadas de la revolución sin verse sobrepasados por el dolor. A principios de febrero, la conocida como “batalla del camello” –el asalto a la plaza por las huestes del dictador a lomos de caballos y camellos- destrozó cualquier tentativa de distancia emocional. El mal a evitar entonces era confundir compromiso y sensibilidad con protagonismo de quien escribe.

[pullquote align=”right”]Profundidad, paciencia, capacidad narrativa y sobre todo empatía, introducirse uno mismo dentro del tema que está tratando[/pullquote]Más allá del mundo de los afectos, ¿Ofrecieron coberturas diferentes los medios convencionales y los alternativos? Mi experiencia personal sugiere que no. A pesar de su importancia geoestratégica, Egipto está a tantos miles de kilómetros de las redacciones españolas como del bolsillo de quienes las sufragan. Sin las interferencias históricas o económicas que sí entran en juego en Marruecos, los periodistas disfrutamos de un gran libertad de acción incluso en los asuntos más escabrosos o polémicos como la participación de los Hermanos Musulmanes en el ocaso del tirano. En lo que a mi respecta, dispuse de total autonomía para proponer enfoques y armar reportajes. De ahí que, en vez de trazar diferencias entre medios grandes o pequeños y prensa convencional o alternativa, considere más apropiado las dos categorías que propone elbritánico David Randall en El Periodista Universal: El periodismo bueno y el malo. La curiosidad, la búsqueda de la verdad o la insatisfacción permanente marcan la distancia entre ambos. En los días que los egipcios vivieron peligrosamente hubo tanto exquisitas crónicas sobre la calculada organización de la plaza cairota o los detonantes del grito como informaciones vacías con dosis gratuitas y espectaculares de sangre, tanques o fuego.

Sería absurdo negar que todos cometimos errores. El más extendido –por influencia, en parte, de nuestros colegas anglosajones- fue poner rostros a las protestas. Una obsesión que, sin razones fundadas, creó portavoces y encumbró a la fama mediática a la que una revista estadounidense bautizó como “la generación Tahrir”. La mayoría de sus miembros correspondía a un perfil idéntico: jóvenes de clase media-alta, bien educados y occidentalizados. El temerario ejercicio de metonimia se esfumo un mes después del triunfo de las revueltas, cuando –en contra de lo defendido por la élite conectada a Twitter o Facebook pero desenchufada de la opinión pública- una aplastante mayoría validó en referendo la hoja de ruta de militares e islamistas. El tropiezo, por tanto, nos enseñó que uno de los motores del periodismo cívico es dar voz a los acallados. A quienes no tienen a su alcance la notoriedad que proporcionan 140 caracteres de un tuit ni conocen el milagro de las conversaciones por Skype.

Un sensacional modo de acertar es la colaboración con los periodistas locales. A menudo son el mejor recurso para localizar fuentes, contrastar informaciones o alumbrar las zonas en penumbra. Una fuente tan valiosa como la que constituyen los movimientos sociales que ya poseían cierto vigor cuando estalló la ola contestataria. Si algo ofrecía el Egipto de Mubarak, a diferencia de la vecina Libia, eran rendijas que permitieron cultivar una incipiente sociedad civil. Desde 2004, el movimiento Kefaya -Basta, en árabe, y con algunos periodistas opositores entre sus integrantes más destacados- lideraba la reconquista de los espacios públicos. En los dos años previos al levantamiento, se organizaron 2.200 protestas de trabajadores y funcionarios.

El punto de inflexión fue el 6 de abril de 2008 y el escenario, una huelga textil en la localidad industrial de Mahalla al Kobra. Allí, en el Delta del Nilo, nació el movimiento juvenil 6 de abril que sería uno de los convocantes de las protestas de 2011. Ambas organizaciones resultaron de extrema utilidad para los periodistas extranjeros en los primeros compases de las protestas y se convirtieron en una fuente de información sobre las movilizaciones. Junto a ellas, también fue imprescindible recurrir a entidades locales que ya existían bajo la dictadura como el centro de derechos humanos Hisham Mubarak –transfigurado en cuartel logístico de los revolucionarios y blanco de los servicios secretos-, la Iniciativa Egipcia de Derechos Personales –con una potente red de abogados que denunciaron los arrestos y la torturas-, el centro Nadim para la rehabilitación de víctimas de violencia o la Red Árabe para la Información sobre Derechos Humanos. La organización 6 de abril o la Academia Democrática Egipcia gestaron durante los meses anteriores a las protestas un movimiento basado en la teoría de la “resistencia no violenta” del catedrático estadounidense Gene Sharp, cuyo objetivo es socavar las instituciones mediante acciones de desobediencia civil. El cráneo hundido y el rostro desfigurado de Jaled Said, un joven golpeado hasta la muerte por una pareja de la policía en junio de 2010, fue el fogonazo definitivo para encender la ira que voceó “Pan, liberad y justicia social” o sencillamente “dignidad”.

Por fortuna, el tejido asociativo se multiplicó durante la transición y centró sus esfuerzos en denunciar las violaciones cometidas por la Junta Militar. Así surgieron plataformas como “No a los juicios militares a civiles” que proporcionó voz a los más de 12.000 civiles juzgados por tribunales castrenses o el proyecto itinerante “Kazibun” (Mentirosos) que proyectó en los barrios más humildes del país la represión de soldados y policías sin las mordazas impuestas en los medios de comunicación estatales. Los movimientos sociales humanizan el periodismo y el contacto con sus responsables permite localizar aquellos relatos que deben llegar a oídos de nuestros lectores. Recurrí a su ayuda para dar, por ejemplo, con la tragedia de Samira Ibrahim, una joven de 25 años que en marzo de 2011 fue una de las egipcias sometidas a pruebas de virginidad por las Fuerzas Armadas.

Para salvar las trincheras ideológicas y enmendar errores, el periodismo necesita de la voz en primera persona de quienes sufren. En esa batalla continua, profundizar en el conocimiento del entramado social, cultivar las relaciones con los periodistas y los activistas locales, practicar el interrogante y la precisión y apostar por estancias permanentes en lugar de visitas esporádicas marcan los latidos del periodismo auténtico que nos reconcilia con un oficio maltratado. Aquel cuyos dardos incomodan al poder cuando habla a través de Samira Ibrahim: “Mi padre me enseño a romper las paredes del miedo.El resto calló. Yo no”.

* Artículo publicado en la publicación colectiva Carreteras secundarias. Activismo periodista para llegar a otra realidadeditada por la Coordinadora de ONGD España