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Francisco Carrión

HISTORIAS

EL OCASO DEL PATRIARCA

27DIC2011

Un amplio séquito de militares emerge en los aledaños del Palacio Presidencial de Heliópolis. En la avenida contigua, asfixiada por el tráfico, los taxistas fruncen el ceño y, a modo de cicerones, invitan al visitante a detener la mirada en la calle que, jalonada por puestos de vigilancia, conduce hacia el exclusivo santuario del último faraón.

Durante tres décadas las habitaciones del antaño hotel Heliopolis Palace -decoradas al gusto persa, morisco o neoclásico- han recibido a cientos de mandatarios de múltiples nacionalidades y representado la opulenta fachada de una dictadura cimentada en las cloacas de los abismos sociales, la tortura policial, la humillación y las corruptelas.

Desde la precipitada salida de sus inquilinos, la vasta guarida del destronado Mohamed Hosni Sayed Mubarak vive meses de mutismo y espera. Los goznes de la puerta principal ya no resuellan, la servidumbre no tiene a quién servir y una atmósfera absoluta de luz decrépita y aire tenue habita las estancias que aún recorre Ahmed Mourad, el fotógrafo que en los últimos cinco años ha arrancado al olvido las instantáneas de tediosas audiencias, solemnes recepciones de jefes de Estado o íntimas escenas familiares.

«Mubarak era un gentleman tranquilo que siempre preguntaba cómo nos encontrábamos. Le interesaba saber si estábamos contentos de trabajar para él o si nos habían dado bien de comer. Y le encantaba bromear», recuerda a EL MUNDO este egipcio de 33 años que accedió al puesto avalado por las imprescindibles influencias de un amigo de su padre.

En su viaje al centro del régimen, descubrió al clan que administró la tierra de los faraones hasta el triunfo de la sangre y las lágrimas de Tahrir: la primera dama Suzanne, dedicada a una lucrativa filantropía, y los vástagos de la pareja, el segundón Alaa y el desgraciado heredero Gamal. «Son buenas personas», se limita a comentar Ahmed Mourad.

Su retina, que no se ajustó jamás a la ceguera del poder, acabó mirando aquello que el cliché disciplinado y el encuadre discreto condenan al ostracismo. Fuera de campo y de horario laboral. Así alumbró Vértigo, una novela negra que traza un daguerrotipo de la mafia nacida al calor de Hosni Mubarak. Con una sangrienta vendetta como telón de fondo, una fauna de nulidades y carroñeros vestidos de hombres de negocios y políticos corruptos transita las páginas del relato.

La mezcla cotidiana de impunidad y detenciones arbitrarias -bendecida por una Ley de Emergencia vigente desde su llegada al trono- alimenta la ficción. «¿No has oído hablar de lo que sucede en la Seguridad del Estado?», pregunta uno de los personajes. «Si hubieran arrestado al mismísimo Hitler, le habrían colgado y obligado a confesar su pertenencia a una célula terrorista en Imbaba (un barrio de El Cairo)».

Mourad reconoce que la novela fue «la evasión» a una vida dividida entre la fotogenia de un tirano y el desolado retrato de sus súbditos, víctimas del pan subvencionado y el silencio.

«Me decidí a escribirla cuando sentí que lo que tenía acumulado estaba a punto de estallar», admite. Durante meses, trabajó para «el hombre que había incendiado los sueños de los egipcios» mientras componía una narración que vio la luz bajo su yugo sin levantar las suspicacias de los censores.

Once meses después de su ocaso, las imágenes del patriarca han desaparecido de las calles alcanzadas por el fuego del «¡Abajo Mubarak!» que prendieron los egipcios durante los 18 días que vivieron peligrosamente.

La combustión, que calcinó la sede del extinto Partido Nacional Democrático (PND), también deshizo la huella del faraón caído de una estación de metro -rebautizada en honor a los mártires de las revueltas- y de bibliotecas, colegios, hospitales, academias de policía o parques públicos. Hasta en su pueblo natal Kafr Moselha, enclavado en el Delta del Nilo, la escuela que llevaba su nombre secundó la rápida metamorfosis y celebró el «Egipto Libre».

Lejos de sus aposentos palaciegos, Mubarak agota sus días bajo arresto en un hospital sito en las afueras de la capital. Suzanne, que cuenta con permiso para visitarle diariamente y regresar a casa al atardecer, disfruta de una pensión mensual de unos 12.000 euros. El Estado corre además con la factura de la estancia hospitalaria del padre de una familia rota desde que el 13 de abril la Fiscalía decretara el arresto del ex presidente y sus hijos, que desde entonces integran el pelotón de ex ministros y dirigentes del PND encarcelados en un acomodado presidio del complejo de Tora.

Hasta la fecha, el progenitor ha logrado sortear las rejas gracias a la oportuna crisis cardíaca que sufrió durante la víspera de su arresto y a su «delicado» estado de salud, que su defensa ha espoleado durante estos meses propagando el rumor del coma.

Decidido a «morir en la tierra de Egipto», Hosni Mubarak buscó primero refugio en la ciudad costera de Sharm el Sheij pero la huida fue en vano.

El 3 de agosto regresó a la furia posrevolucionaria de El Cairo para inaugurar un juicio histórico. El fogonazo de un tirano postrado en una camilla y enjaulado recorrió el planeta con una aterradora moraleja para sus homólogos alcanzados por la Primavera Árabe como el libio Muamar Gadafi, que sería asesinado a sangre fría meses después, o el sirio Bashar Asad, cautivo en su torre de marfil.

Mubarak comparte banquillo con sus hijos, el ex ministro del Interior Habib al Adly, y seis antiguos colaboradores. Todos ellos están acusados de corrupción y asesinato premeditado de las más de 850 personas que fallecieron durante la revuelta.

En la intimidad de su habitación, Mubarak debe interrogarse aún por aquellos días fugaces del invierno pasado que sepultaron 62 años de «servicio público» y desbarataron la promesa de una vejez dulce y una tranquila sucesión.

«Estoy harto. Quiero irme», balbuceó a principios de febrero cuando sus huestes sitiaron la Plaza Tahrir y amagaron con «limpiar la plaza a base de sangre». «Si renuncio hoy, triunfará el caos. (…) No me importa lo que el pueblo diga sobre mí. Ahora sólo me preocupa mi país».

Uno de los testigos de aquellas jornadas agónicas fue el médico Hossam Badrawi, designado in extremis secretario general del agonizante PND.

«Cada respuesta del presidente resultaba demasiado poco y demasiado tarde. En los cuatro días que permanecí en el puesto, lo que percibí fue que ni Mubarak ni su equipo evaluaron la magnitud de lo que estaba sucediendo», relata Badrawi en declaraciones a una revista universitaria.

Él mismo aconsejó al rais que cediera su poder al recién nombrado vicepresidente Omar Suleiman e hiciera un prudente mutis por el foro. «Pero cada día que pasaba, mi sugerencia era menos aceptable para la calle. (…) La gente no creía que existiera un deseo honesto de alejarse del poder, enmendar la Constitución y celebrar elecciones en cuanto fuera posible», agrega.

Con el régimen y el partido colapsados por las deserciones, Hossam Badrawi perdió el 10 de febrero todo contacto con Hosni Mubarak. A las diez de la noche de aquella jornada el caudillo hizo su última alocución televisiva. Apareció demacrado y cansado. Recordó su época de juventud. Y, por fin, siguió el consejo de Badrawi. Pero, a juicio de su mentor, el mensaje «carecía de significado».

Al día siguiente, pocos minutos antes de las seis de la tarde, un miembro del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas depositaba en la sede de la Radiotelevisión pública la cinta en la que Suleiman empleaba dos frases y 49 segundos para anunciar el final de la era de Mubarak, la más longeva desde los tiempos del Jedive Mohamed Ali (1769-1849).

En las postrimerías de su reinado, Mubarak debió evocar aquel 6 de octubre de 1981, cuando vestido con traje azul y sentado a la derecha del entonces presidente Anuar el Sadat, sobrevivió a la nerviosa ráfaga de balas que asesinó al hombre que selló la paz con Israel. «Era uno de los blancos en el estrado y se salvó porque huyó y logró esconderse detrás de una silla», explica a este diario Tarek el Zomor, uno de los líderes de la organización Al Gama Al Islamiya que urdió el magnicidio de Sadat.

Mubarak tomó el testigo con el aval de las condecoraciones logradas en la ofensiva contra Israel en la guerra de octubre de 1973, que permitió recobrar el estratégico enclave del Sinaí. Una contribución épica que familiares de mandos militares que participaron en la gesta ponen en duda ahora al denunciar que el rais falsificó documentos y alteró fotografías.

El último faraón inauguró su Presidencia con la promesa de una estética alejada de Sadat. Liberó a los presos políticos, les abrió las puertas de su palacio y desterró el verbo grueso del adalid de «la democracia con colmillos». La escenificación forjó una efímera luna de miel entre la población y Mubarak que fue resquebrajándose con cada compromiso infringido.

«Prometió derogar la Ley de Emergencia. Prometió permanecer en el poder solo por un mandato y casi agota cinco. (…) Ni él creyó nunca en sus promesas», escribe el periodista Abdel Halim Qandil en Carta roja al presidente, que retrata a un dirigente ejercitado en el cinismo y sumiso a los dictados de Occidente. «Su mayor logro fue que los egipcios odiaran Egipto».

Según varias organizaciones locales de derechos humanos, más de 100.000 órdenes de detención fueron dictadas durante el régimen.

En los últimos 15 años, unos 30.000 militantes de los proscritos Hermanos Musulmanes -constante pesadilla del rais- fueron perseguidos y sufrieron arrestos esporádicos. Cientos de personas fueron torturadas hasta la muerte. Una letanía de fallecidos y humillados que consumió la paciencia de millones de ciudadanos egipcios, que dejaron de aceptar lo inaceptable y lograron reconocerse en el dolor por la dignidad arrebatada.

«Se produjo una acumulación de ira tras el fraude electoral de las legislativas de 2010 y el asesinato del joven Jaled Said a manos de dos policías en Alejandría. La chispa fue Túnez», asevera Ahmed Saif, un histórico activista de 60 años y fundador del centro de Derechos Humanos Hisham Mubarak.

Viejo conocido de los servicios secretos, Saif fue torturado y condenado en 1983 a cuatros años de cárcel. Su hijo, el bloguero Alaa Abdelfatah, es ahora uno de los símbolos de una transición administrada por una Junta Militar que perpetúa la metodología del terror.

Golpeado por intermitentes brotes de violencia entre fuerzas del orden y civiles, el calendario electoral avanza anticipando un contundente triunfo islamista.

La alargada sombra del dictador aún amenaza el débil tejido de una sociedad civil que inició la reconquista de la calle en diciembre de 2004, con el nacimiento del movimiento Kefaya (Basta).

«En los dos años previos a la revolución se registraron más de 2.200 protestas de trabajadores», apunta Magda Adly, directora del Centro Nadim para la rehabilitación de víctimas de la violencia. «Casi todo sigue igual. Los generales del Consejo militar (liderado por el mariscal Husein Tantaui, ministro de Defensa durante las últimas dos décadas) ya lo eran cuando Mubarak presidía la institución. Y son los responsables de abrir las puertas a las corrientes islámicas».

En el palacete de Heliópolis, Ahmed Mourad aguarda al veredicto de las urnas, que deberían nombrar el sucesor de Mubarak antes del próximo verano. Su llegada contribuirá a alejar el fantasma del militar testarudo que se creyó faraón. Para el cazador de retratos, «el problema no residía sólo en el hombre que se marchó». «El verdadero obstáculo es la corrupción, presente allá donde vayas en Egipto e interiorizada por cada uno de nosotros».