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Francisco Carrión

HISTORIAS

El pueblo del Nilo donde casan a sus niñas a la fuerza a los catorce años

Hablan cuatro víctimas de la aldea junto al Nilo donde se precipitan las bodas para que las niñas dejen de ser una carga familiar. Nos cuentan sus historias de dolor y desgarro, pese a que vistieron de blanco con ilusión. «Nos vendieron barato», dicen

Un día, no hace mucho, mi padre llegó y me avisó de que me había traído un buen hombre para casarme con él. Me dijo: ‘Tiene dinero y puede costearte una vida digna. Serás feliz con él’». Nur ha cumplido los 14 años y anda ocupada con los preparativos de una boda inminente urdida por su progenitor y el veinteañero que desfiló hasta casa para pedir su mano. «Yo le dije que estaba de acuerdo. Voy a invitar a la celebración a mis amigas. Bailaremos y cantaremos», comenta la menor, entusiasmada con los prolegómenos.

En el pueblo de Nur, de angostos callejones sin asfaltar y apretujados edificios de cemento, las niñas no van a la escuela ni juegan al escondite por los rincones de su precaria geografía. A partir de los 14 años, e incluso antes, se enfundan el vestido blanco y se convierten en esposas a todos los efectos.

Una tragedia tan extendida como silente que carece de cifras precisas y que las autoridades egipcias han optado por ocultar. «Después del enlace nupcial, saldremos juntos. Pasearemos e iremos a veranear», relata Nur, despojada -dice- de sueños.

El matrimonio infantil es una epidemia en las aldeas que rodean Mahalla el Kobra, una ciudad a 60 kilómetros al norte de El Cairo que presume de ser el corazón de la industria textil del país. Por su terruño, se despliega una sucesión de factorías donde se manufactura el preciado algodón local mientras, alrededor, la vida es zurcida a base de miseria y dolor.

Mushira es menuda y tímida. Nos cita en un taller agazapado en un laberinto de bloques de viviendas, entre el traqueteo de máquinas de coser. Es un sábado a mediodía y el vecindario parece amodorrado en su rutina. Por la callejuela pasan algunos hombres en moto y madres asidas a sus retoños.

SIN MADRE NI ESCUELA
«Dejé la escuela a los 12 años porque mi madre murió y no había dinero para estudiar. Mi padre tiene paralizado medio cuerpo y me dedico a cuidarle, limpiar la casa y cocinar», cuenta la joven de 17 años que no ha abandonado aún la adolescencia. Hace tres años, fue ella misma la que cayó en las fauces de un matrimonio arreglado por sus parientes. «Era sólo una niña que no entendía nada. Me alegré cuando me lo dijeron porque quería ser la protagonista de una boda pero desconocía las responsabilidades de después», evoca.

Su marido tenía 28 años. «Al principio, no le di importancia a la edad. Estuvimos un mes de novios, durante el que nos vimos solo en tres ocasiones, y luego nos casamos. Nuestros padres lo organizaron todo. Creo que fue mi padre quien lo sufragó todo porque ellos no tenían dinero». La ceremonia legal fue oficiada por un maazun [funcionario público encargado de registrar enlaces y divorcios] que sorteó la evidente prohibición.

Imagen de una boda forzada. En la foto que abre el reportaje, Imán…
Imagen de una boda forzada. En la foto que abre el reportaje, Imán (20 años). Se casó con 14 años y actualmente vive separada con sus dos hijos. «Él tampoco quiere divorciarse porque no quiere hacerse cargo de los gastos. Yo no le pido nada pero no quiero volver a vivir con él».
«Sabía que yo era menor pero pidió más dinero del habitual con el propósito de legalizar el matrimonio cuando alcanzase la mayoría de edad», comenta Mushira. La fiesta que selló su unión fue celebrada en Al Malika (La princesa, en árabe), un sala de bodas del pueblo. «Fue un día especial. Me puse el vestido blanco. Estuvieron presentes todos mis familiares y amigos. Y yo fui a la peluquería», evoca.

Aquel es su último recuerdo feliz. «Transcurrido el primer mes de matrimonio, empezó a pegarme. Nos fuimos a vivir a la vivienda de su familia. Cada vez que me ponía la mano encima, huía a mi casa. Siempre sucedía lo mismo: iban a buscarme y regresaba», narra cabizbaja y recostada sobre una silla del taller.

«Pagaba conmigo su incapacidad para asumir las responsabilidades de la casa. Su madre le daba dinero para fumar y beber. Jamás le vi trabajar y siempre que le decía algo me respondía que no me metiera».

El tiempo y las idas y venidas al hogar paterno sólo sirvieron para agravar las golpizas y su frecuencia. «Me atizaba con el cinturón o me estampaba contra la pared. Otra veces me arrojaba la taza de té caliente y yo buscaba a su madre para protegerme. Una vez caí en coma. Me tiró por las escaleras y pasé un tiempo en el hospital», recuerda Mushira.

«Llegué a temer por mi vida y me aburrí de esa existencia. Pedí el divorcio hace un año. Los vecinos me ayudaron a que él aceptara y evitar así que tuviéramos que acudir a los tribunales».

El calvario de la menor no resulta insólito en el callejero del poblado y los páramos cercanos, separados por campos verdes y canales del Nilo. «Es algo corriente en esta zona del delta del Nilo y también en el Alto Egipto [sur del país]. Detrás se esconde una decisión económica», arguye Heba, una treinteañera que socorre a las jóvenes. «Lo más terrible es que muchas ni siquiera tienen las condiciones físicas necesarias para albergar a un niño en su vientre».

Según estadísticas oficiales, hasta 117.000 egipcios han contraído matrimonio cuando se hallaban por debajo de los 18 años, la edad legal de casamiento. Pero las cifras resultan poco creíbles. Unicef sitúa a Egipto -cuya población acaba de superar los 100 millones de habitantes- en el puesto número 13 de matrimonios infantiles.

«No existen números exactos porque las niñas son obligadas a casarse antes de los 18 años pero los enlaces sólo son registrados cuando alcanzan la mayoría de edad», precisa Suad Abu Dayyeh, una investigadora de la organización Equality Now que lleva años batallando contra el drama.

«El matrimonio forzado es una violación de los derechos de las chicas a ejercitar su máximo potencial y es una forma de tráfico de menores y de explotación sexual. Tiene un impacto negativo en la salud mental, física y psicológica de las niñas y puede conducir a su muerte», advierte la activista.


La violencia machista es un tabú tan cargado de silencios como la pesadilla de quienes, como Shaima, se desposó con 13 años. «Yo misma intenté suicidarme varias veces», dispara a bocajarro la veinteañera mientras atiende a uno de sus tres vástagos. «En una ocasión, impregné mi ropa con aerosol y le prendí fuego pero mi marido lo descubrió en el acto e impidió que muriera. En otra, ingerí veneno y me trasladaron a un hospital provincial». La joven también llegó a las nupcias de manera apresurada, obligada por la impaciencia de su progenitor.

«Mi padre quería casarme antes de fallecer. Buscó a un vecino de 15 años y organizó el enlace. Su familia no tenía dinero y ni siquiera entregaron una dote», desliza Shaima. La falta de cuartos de los futuros esposos desembocó en un espejismo de convite. «Montaron un escenario de madera en mitad de la calle. Como mucho, asistieron 20 invitados. No hubo comida ni música ni nada de lo que pudieras imaginar en una boda. Nos vendieron barato», detalla entre lágrimas.

«Yo, como cualquier chica, tenía el sueño de vestirme de blanco y disfrutar de un día feliz pero, por no haber, ni siquiera nos hicieron fotografías». Hace meses, Shaima -«cansada de vivir», alega- empaquetó sus escasas pertenencias y regresó a la casa familiar. La separación, de momento, es sólo «de facto». «Él se niega a aceptar el divorcio y no tengo dinero para pagar a un abogado y acudir a los tribunales. La semana pasada vino a decirme que tenía que volver con él pero no quiero. Se gasta el dinero que gana en alcohol y drogas. Ha comenzado a chutarse heroína».

La legión de niñas casadas no ha merecido, hasta ahora, la atención del régimen que dirige con puño de hierro el mariscal Abdelfatah al Sisi. Es un secreto a voces que no ha suscitado campañas de sensibilización estatales ni iniciativas de asistencia de las organizaciones no gubernamentales.

Hace unas semanas, el Parlamento nacional inició la tramitación de un proyecto de ley para criminalizar el matrimonio infantil. El borrador incluye cárcel y multas de entre 5.000 y 10.000 libras egipcias -entre 296 y 593 euros- para quienes acuerden casamiento de menores. Pero, de aprobarse, la reforma legal será ampliamente ignorada, como lo ha sido la que desde hace más de una década prohíbe la mutilación genital femenina, una práctica que se sigue ejerciendo por médicos y enfermeros en todo el país.

La traumática experiencia de las vecinas tampoco ha persuadido a las novias que aguardan ahora su próximo enlace. «Todas dicen que los dados no son los mismos. Están convencidas de que su futuro esposo es diferente a los demás», indica Um Rumaiza, una mujer del pueblo. «Yo me casé con 15 años pero no haré lo mismo con mis tres hijas. Quiero que vayan a la universidad».

«ME CASÉ POR AMOR»
Imán, recién cumplidos los 20 años, insiste en que ella se casó hace más de seis años por amor. «Abandoné la escuela en la preparatoria. Le conocí y me enamoré de él, que por aquel entonces tenía 21 años. Me prometió que me organizaría una boda pero, en realidad, nunca la hubo. Yo ya trabajaba antes de casarse y me pagué incluso la peluquería de aquel día. Me estafó», replica Imán.

«Después llegaron los problemas», confiesa. Unos meses más tarde, nació su primera hija, a la que llamó Eiteb (Reproche, en árabe). «Le reprocho a la vida», dice entre risas. «Me insultaba y me pegaba. No se lo he contado a mi familia pero vivimos separados. No aceptarían que me divorciara y tampoco quiero compartir con ellos todo mi sufrimiento. A mis hermanas les va bien. Mi marido es conductor de tok tok [motocicletas de tres ruedas] en Marsa Matruh [una ciudad ubicada en la costa mediterránea, a 350 kilómetros al norte] y yo me gano la vida aquí en una fábrica textil».


Las palabras que hilvana Imán rezuman amargura. «Si pudiera regresar al pasado, no me volvería a casar. Creo que ninguna mujer debería tomar una decisión así hasta al menos los 25 años».

Las que sobrevivieron al matrimonio pactado siendo aún niñas y quebraron las cadenas han optado por rehacer sus vidas con lo poco que tienen a su alcance y, a menudo, sin reclamar nada a sus esposos. Rara vez se juntan entre ellas para compartir sus lamentos. «Aquí en Egipto eso no es posible. Si nos organizáramos para defender nuestros derechos, nos darían con los zapatos en la boca. Cuando mi marido me atizaba, me obligaba a sonreír para no parecer una mujer amargada», murmura Imán. La pequeña Mushira se conforma con disfrutar de los pequeños retazos de libertad recobrada.

«Recibí una oferta de matrimonio pero la he rechazado. No me quedan sueños y no pienso volverme a casar», esboza. Gana 1.000 libras mensuales por un jornada laboral de diez horas. «El sueldo no es suficiente. Voy tirando con los préstamos que pido a algunos vecinos», admite.

Shaima, en cambio, alterna su empleo en una factoría de zapatos con las obligaciones de madre. «Los llevo a primera hora a la escuela y a la guardería y los recojo a mediodía. Se vienen conmigo a la fábrica hasta que acaba mi trabajo». Shaima ha aprendido a salir adelante. «Dejar a un esposo es mucho mejor que dejar un trabajo. Mi único sueño es poder divorciarme un día. Soy feliz con mis hijos. Es lo único que tengo en esta vida».