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Francisco Carrión

HISTORIAS

«En tiempos de creciente autoritarismo, los periodistas tenemos un desafío: hacer periodismo»

Fotografía: Alberto Gómez Almendres, Nativel Preciado y Francisco Carrión, ayer, tras recibir los galardones del Premio Manuel Alcántara. / FÉLIX PALACIOS

Palabras pronunciadas el 11 de abril de 2019 durante el acto de entrega del XVI Premio Internacional de Periodismo Manuel Alcántara. Fueron galardonados Alberto Gómez Almendres, Nativel Preciado y Francisco Carrión. Crónica en Diario SUR firmada por Francisco Griñán

Buenas tardes,

Me produce especial emoción estar aquí esta tarde con todos vosotros. Y recibir un premio que lleva el nombre de Manuel Alcántara, el gran columnista de las contraportadas de mi infancia. El de los periódicos que siempre aparecían en casa cuando la familia viajaba a Granada desde Estepa, el pueblo sevillano que fue mi hogar hasta los 18 años.

Hay una segunda razón que explica la conmoción. Esta ciudad que nos acoge está unida a uno de esos episodios de la biografía íntima de una persona que forjan su voluntad. A una convulsión que fue determinante para que me dedicara a contar las historias de los demás.

Hace dos décadas mi familia acogió a uno de esos miles de niños saharauis que cada verano siguen llegando a Andalucía. Yo siempre recuerdo las despedidas. Los abrazos y las lágrimas de cientos de almas convirtiendo una antigua y desvencijada terminal del aeropuerto de Málaga en un enorme acto de humanidad. La que jamás exhibieron nuestros políticos. Un pequeño y fugaz acto de reparación histórica para una tragedia, la de los saharauis, por la que nuestro país aún no ha asumido responsabilidad alguna.

Aquellos fogonazos que nacieron aquí en Málaga establecieron un contacto con la injusticia que me sigue acompañando a diario. Un ajuste de cuentas continuo con la verdad que forma parte del periodismo que defiendo.

Cuando a mediados del mes pasado Elena me comunicó la concesión de este premio, me anticipó ya este acto y la necesidad de dedicar unas palabras, dirigidas especialmente a los estudiantes de la Universidad de Málaga. A quienes hoy estudian periodismo en sus aulas. Hace diez años yo era uno de vosotros, inquieto por lo que depararía el futuro en mitad de una crisis económica que ha adelgazado redacciones y precarizado aún mas nuestro maltratado oficio.

Reconozco que no me gusta demasiado hablar de periodismo en público. Al menos no del modo que parece imponerse estos días. En interminables riñas en Twitter o en conferencias que alimentan egos y sientan cátedra. Que, en mi humilde opinión, sirven para compartir penas y a menudo lances personales pero que no interesan lo más mínimo a los lectores. La única manera que conozco de reivindicar el periodismo es hacerlo imprescindible. Y eso solo se logra cuando, en lugar de anidar las redes sociales, salimos a la calle y trabajamos. Cuando dejamos de mirarnos el ombligo y buscamos ahí afuera las historias de gente que sufre, vive y lucha.

Corren buenos y malos tiempos para el periodismo. Desde 2010 vivo en Egipto, un país que me ha moldeado como ser humano y periodista. He vivido, junto a excepcionales compañeros de profesión, noches de alegría y esperanza colectivas y meses de zozobra y represión militar. Egipto es hoy una de las mayores cárceles de reporteros del mundo. Un lugar donde el régimen ha sabido usar los tiempos que corren para, con la excusa de las noticias falsas, perseguir y encarcelar a quienes buscan la verdad. Seis años después de un golpe militar, los medios de comunicación públicos y privados están controlados por los servicios secretos y los periodistas somos vigilados de cerca. “¿Por qué escribiste eso? ¿Por qué hablaste con ése?”, me preguntan a menudo los funcionarios cuando visito el centro de prensa de El Cairo. Un nacionalismo extremo, usado por el régimen para ocultar sus vergüenzas, ha sepultado a mis compañeros locales.

«Que las decisiones informadas son las mejores decisiones que un ciudadano puede tomar para proteger los valores democráticos y velar por el bien común»

Un panorama desolador del que nadie, ni siquiera nuestra sociedad, está a salvo. Hace unos días entrevistaba a un arqueólogo en un yacimiento en Irak. Y allí, frente a los restos que iban aflorando de la tierra, hablaba de la cuna de la civilización. Vestigios remotos de una región que fue cuna del mundo. La tierra de las primeras veces: la primera rueda, el primer cálculo, la primera escritura labrada en tablillas de arcilla, la primera ciudad, el primer código legal, el primer calendario de 12 meses y 360 días, el primer servicio de correos, el primer arado o la primera moneda. Una historia formidable que, cuando se conjuga en presente, nos recuerda amargamente que todos los avances son susceptibles de padecer retrocesos. Que los progresos se deshacen como un azucarillo. Basta con prender la llama de la discordia sectaria o declarar la guerra a la convivencia apretando el gatillo de la mentira.

Es importante que los periodistas, que vosotros que ya lo ejercéis o lo ejerceréis pronto, seáis conscientes de que la información es poder. Que las decisiones informadas son las mejores decisiones que un ciudadano puede tomar para proteger los valores democráticos y velar por el bien común. La mejor vacuna contra los poderosos que juegan con la desinformación para propagar entre nosotros el odio y el miedo al otro. En Egipto los medios difunden hoy mensajes repletos de uniformados en supuesta lucha contra el terrorismo, teorías de conspiraciones extranjeras y cacerías de “traidores”. Una realidad sombría que necesita de periodismo, de buen periodismo. El único posible.

En tiempos de creciente autoritarismo, donde los líderes con inclinaciones autocráticas ganan elecciones y se dedican concienzudamente a alimentar la desinformación, los periodistas tenemos un desafío: hacer periodismo. Pedir cuentas, exigir datos, educar a nuestra audiencia para que sea crítica… No es un reto fácil. Los números rojos de las empresas informativas no ayudan. Tampoco la precariedad que sufre toda una generación de periodistas y la falta de rumbo y estrategia de los medios de comunicación. Habéis elegido una profesión dura, repleta de sinsabores y obstáculos. También de zancadillas. Pero yo al menos no sé de otro modo de ejercer el periodismo que desde la batalla continua por la honestidad.

«De ellos es este premio. De quienes dedican sus energías a escribir mejor, a pulir los textos, a buscar fuentes y dar voz»

A menudo, este oficio puede parecer un ejercicio solitario e ingrato, lleno de envidias y celos. Pero no es así. Al menos no del todo. Tengo la fortuna de contar con compañeros de profesión que son el ejemplo, el impulso. Los hay que persisten contando historias. Los hay que, tras hacerlo, decidieron buscar otros horizontes. Todos ellos son mi refugio. Ejercen o ejercieron el periodismo sin colocarse en el foco, sin buscar la fama vacía, sin escalar a costa de otros, sin caer en el cinismo ni renunciar a la honestidad.

De ellos es este premio. De quienes dedican sus energías a escribir mejor, a pulir los textos, a buscar fuentes y dar voz. En este abril malagueño de 2019 quiero acordarme de Julio Anguita Parrado. Fue asesinado el 7 de abril de 2003 en un ataque con misiles del ejército iraquí. Recibió también este premio Manuel Alcántara. En el libro recopilatorio de sus crónicas que sus amigos elaboraron tras su muerte, el comandante estadounidense que le acompañó en sus últimos días escribe: “Parece que aún lo estoy viendo, escribiendo con su ordenador portátil en la parte de atrás del ‘humvee’, cubriéndolo con plástico para que no entrara la arena en el teclado y mimándolo como si fuera casi un niño. Se podía pasar horas y más horas tecleando, sin importarle los baches. Y podías decir que vivía lo que escribía; no había más que mirarle la cara”. Julio era un ejemplo de periodismo auténtico, aquel cuya utilidad y servicio público se reivindican en cada línea sin necesidad de pirotecnia.

En mi corta experiencia como periodista, siempre me ha fascinado el halo de temor y aversión que siempre despertamos en quienes se sienten vigilados por nuestra labor. En quienes se saben bajo escrutinio de alguien al que no pueden controlar. Es algo que no entiende de nacionalidades ni de orígenes. Es perceptible en un ministro egipcio y en un embajador español. El mayor tesoro de un periodista es su independencia. Cuidadlo, no casaros con nadie -en sentido figurativo, por supuesto- y practicad la exigencia. Hacedlo con la misma precisión con la que un médico usa un bisturí. Pensad que en cada párrafo nos va la vida en ello. Que no hay amigos cuando uno escribe. Que nos jugamos el prestigio y la complicidad con nuestros lectores. Un acuerdo que se renueva a diario, que no conoce de treguas ni vacaciones.

Uno de los primeros artículos que Julio Anguita Parrado escribió en El Mundo fue una crónica de un viaje a los campamentos saharauis en Tinduf. Relata: “Mientras las mujeres preparan el té para ejecutar el conocido rito del desierto (“amargo como la vida, suave como el amor y dulce como la muerte”), la gente no puede evitar jugar con los niños y estrujarle entre sus brazos”. Julio describía el encuentro en una jaima de unos padres de acogida con aquellos pequeños que irrumpieron en sus vidas un verano antes. El periodismo es encuentro, es establecer comunicación en tiempos hostiles, poco dados a los encuentros verdaderos y reincidentes.

«En una época donde los cínicos agitan la indiferencia, el odio prefabricado y los prejuicios, conviene recordar lo simple que habita en un mundo complejo»

Ayer al aterrizar en el aeropuerto de Málaga recordé un instante de aquel estío remoto en el que acudí a una despedida en ese mismo lugar. Recordé un recinto acotado y aquel acceso por el que iban despareciendo los compañeros de fatigas estivales. Evoqué aquel instante en el uno de aquellos voluntarios encargados de suspender abrazos y trasladar a los pequeños hacia el embarque me agarró, camino hacia el avión.

Fue un instante de confusión que, veloz como es ella siempre, mi madre interrumpió. A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si nadie me hubiera reclamado. Cómo es vivir en el lugar y el tiempo equivocados. Cómo de determinante es dónde nacimos y cuántas oportunidades se han escapado ya en el primer llanto de un niño.

Hace unos días, lo volví a sentir en un casa perdida en un barrio de callejero laberíntico del Kurdistán iraquí. Había caído la tarde y una densa oscuridad reinaba en el exterior. Allí, sentado junto a una familia de refugiados, uno de ellos -un padre que había perdido a su familia en un naufragio en el mediterráneo- dijo abatido: “No dejamos nuestra casa y nuestra tierra por voluntad propia. Solo queremos ser tratados como seres humanos. Vivir como cualquier ser humano merece”. En una época donde los cínicos agitan la indiferencia, el odio prefabricado y los prejuicios, conviene recordar lo simple que habita en un mundo complejo. Superar el ego ciego de selfies y lamentos personales, saltar trincheras, hablar con otros y compartir lo que nos une. Y para practicar la empatía y contribuir a hacer de éste un mundo mejor, no conozco oficio más bello y sublime que el periodismo puro.