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Francisco Carrión

HISTORIAS

«Hay más censura y represión informativa en Egipto que antes de la revolución»

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SHAHIRA AMIN

Periodista

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La mirada de Shahira Amin brilla de un modo especial cuando se la felicita por el premio internacional de periodismo Julio Anguita Parrado. La reportera -curtida en la televisión estatal egipcia- se interesa por Julio, el periodista que murió el 7 de abril de 2003 mientras narraba para EL MUNDO la invasión de Irak. La próxima semana, nueve años después de que un misil estadounidense segara la vida de Julio en Bagdad, Shahira recibirá en su Córdoba natal el galardón por «su labor de denuncia y su incansable peregrinar por ciudades del mundo» como cronista de la revolución que en febrero de 2011 se liberó del yugo de Mubarak. Shahira -la única periodista que desertó del canal estatal en los días de las revueltas- repasa el año que vivió peligrosamente: su trascendental denuncia de las pruebas de virginidad practicadas por el ejército, su controvertida entrevista al soldado israelí Guilad Shalit y las amenazas de los uniformados que administran el tortuoso camino hacia la democracia.

Pregunta.- Tras dos décadas en la televisión estatal egipcia, debe conocer bien los entresijos del aparato de propaganda…

Respuesta.- La cadena pública emplea a 45.000 personas. Muchos de los trabajadores no son periodistas cualificados y llegaron al ente gracias a sus contactos con el poder. El régimen de Mubarak quería mostrar al mundo algo parecido a una democracia. Recuerdo que pasé en Londres los primeros cinco días de revueltas y al regresar me encontré con una televisión estatal catastrófica. Daba la sensación de que Tahrir, a tres minutos de la emisora, estaba en calma. Sólo se emitían planos tan cerrados de la plaza que era imposible saber cuánta gente había e imágenes sin sonido para evitar los eslóganes.

P.- Un año después, con el país bajo la tutela militar, la pantalla parece haber protagonizado un tímido cambio de lealtades…

R.- Sigue siendo un arma de propaganda en mano de las autoridades. Simplemente se ha reemplazado la línea roja de Hosni Mubarak por la de la Junta Militar. La situación es incluso peor que en vísperas de la revolución. Entonces me permitían hacer el programa en directo y mi jefe recibía un informe semanal sobre la última emisión. Ahora el espacio es revisado antes de su difusión para verificar que no se menciona a los militares. La Junta está liderando una transición política desastrosa. Había ciertas esperanzas en que el Ministerio de Información fuera eliminado, pero hoy la situación es aún más dramática porque es un general quien lo dirige. Es otra prueba de la derrota de la revolución. Un militar controlando los medios públicos sólo puede significar más propaganda. Los periodistas son asaltados, intimidados e investigados en los tribunales militares. Yo misma he recibido amenazas. Hace unos meses el director editorial de un periódico estatal me recomendó amablemente: «Céntrate en tu familia o lo perderás todo».

P.- La censura castrense no ha evitado, sin embargo, la primavera de los medios independientes…

R.- Eso ha sido maravilloso. Han nacido periódicos y canales de televisión ligados a miembros de la oposición tradicional que no habían tenido hasta ahora voz. Algo empieza a moverse, aunque pesan los años de censura y el miedo a la represión. Yo crecí fuera de Egipto y digo lo que pienso pero mis compañeros no. Aún me consideran una traidora por mi dimisión de la televisión pública.

P.- A pesar de estos ataques, logró arrancar a un general la confidencia de que el ejército había sometido a pruebas de virginidad a una decena de mujeres …

R.- Los hechos ocurrieron el 9 de marzo de 2011 y las víctimas lo denunciaron. Pocos creyeron su testimonio. Volví al tema a raíz de una entrevista con investigadores de Amnistía Internacional. A su juicio, las violaciones de los derechos humanos habían aumentado durante la transición y necesitaba ejemplos. Entonces me hablaron de las pruebas de virginidad y decidí llamar a un general que presidía el Departamento de Asuntos Morales de las Fuerzas Armadas. Creí que lo negaría todo pero me soltó: «[las mujeres detenidas] no son como tu hija o la mía». Luego me aseguró que acamparon con los hombres en Tahrir y que en sus tiendas se hallaron cócteles molotov y bango [un tipo de marihuana local]. Y terminó justificando la prueba de virginidad como método para evitar que las detenidas acusaran a los soldados de violación.

P.- Aquel testimonio rompió la espiral de silencio. ¿Por qué confió en usted aquel militar?

R.- Yo creo que asumió sin más que hablaba con una presentadora de la televisión pública. Sabía que, tal y como sucedió luego, la cadena sería incapaz de difundirlo. Entonces opté por divulgarlo en la CNN.

P.- Y llegó a testificar en el juicio que una de las víctimas, Samira Ibrahim, emprendió contra la autoridad militar…

R.- Así es. Es importante no dejarse intimidar. Hay gente que está arriesgando su vida por nuestra libertad y dignidad. Me costó mucho tomar una decisión y asistir como testigo al proceso de Samira, pero acepté porque era mi obligación. Los medios locales estaban manipulando el caso y escribiendo historias terribles contra ella. Debía defender la reputación de una joven soltera que tuvo el coraje de hablar sobre honor y castidad en un país tan conservador. Eso sí que es valentía. Al comenzar a declarar, el juez militar me preguntó por la compañía en la que trabajaba y al decirle que en la cadena pública se quedó perplejo. Repitió hasta en tres ocasiones la misma pregunta: «¿En nuestra televisión?». «Sí, en tu televisión», le confirmé [risas].

P.- Su nombre volvió a la primera plana en octubre con la entrevista al soldado israelí Guilad Shalit minutos después de su liberación. ¿Cómo se fraguó aquella exclusiva?

R.- Envié con pocas esperanzas una solicitud de entrevista al Ministerio y unos días antes de la entrega me avisaron. Me trasladé al paso fronterizo de Rafah y esperé en una habitación hasta que a las nueve de la mañana miembros de las Brigadas de Ezzeldin Al Qassam [brazo armado de Hamas] llevaron hasta allí a Shalit, que fue atendido primero por médicos de la Cruz Roja. Nadie le forzó a hablar como se denunció. Sólo le comenté que el mundo quería saber cómo se encontraba y le pregunté si estaba dispuesto a ofrecer una entrevista que no duró más de seis minutos.

P.- Pero algunas preguntas sobre su cautiverio o el sufrimiento de los palestinos le valieron una crítica feroz en el país vecino, donde se cuestionó su ética periodística…

R.- Formulé las preguntas que haría cualquier periodista. Me parecía muy importante que el canje se hubiera logrado justo en aquel momento. Durante cinco años Mubarak prometió liberar a Shalit pero fracasó y la Junta Militar cerró en ocho meses un buen acuerdo que incluía la puesta en libertad de más de 1.000 presos palestinos. Otra de las cuestiones que molestaron en Israel fue comparar a sus soldados con los presos palestinos. No todos los palestinos que están en sus cárceles tienen las manos manchadas de sangre. Algunos pasan años entre rejas simplemente por arrojar piedras o encontrarse en el lugar donde se llevan a cabo arrestos masivos. No fue una situación cómoda. En Egipto me acusaron de convertir a Shalit en un héroe y en Israel me atacaban por ser inhumana y brutal.

P.- ¿Valió la pena aquella entrevista?

R.- Era una oportunidad que no podía rechazar. Sentí que era importante para la credibilidad herida de la televisión pública y fundamental para suavizar el sentimiento antiisraelí. Un mes antes la embajada en El Cairo había sido atacada y se escuchaban voces favorables a romper el tratado de paz. Las palabras de Shalit podían ayudar a darnos cuenta de que todos pagamos el precio de este conflicto. Y realmente Shalit envió un mensaje de paz. Los periodistas debemos reducir las brechas de incomprensión y desconfianza.

P.- La revolución egipcia ha desembocado en un Parlamento y una comisión constituyente dominados por fuerzas islamistas…

R.- Hemos vividos 60 años de represión. No todo será perfecto de la noche a la mañana. Llevará muchos años pero la determinación está ahí y confío en una nueva generación que ha roto las barreras y es políticamente más activa. Quedan luchas pendientes.

P.- Ser mujer tampoco resulta fácil…

R.- Estamos en una sociedad patriarcal, pero hemos logrado grandes avances como la prohibición de la mutilación genital o una cuota en el Parlamento que ha sido recientemente eliminada. Hay intentos de mantenernos en la sombra, pero no hay vuelta atrás en nuestra participación política.

P.- El avance del ideario ultraconservador de los salafistas no augura un futuro cómodo para las egipcias…

R.- Hemos sido invadidos por el islam rigorista que propugna el wahabismo. Muchos egipcios emigraron a Arabia Saudí en la década de 1970 y regresaron con sus ideas. Por eso se extendió primero el uso del hiyab (pañuelo islámico) y ahora el niqab (la prenda que cubre todo el rostro salvo los ojos). No es nuestra vestimenta tradicional. Mubarak permitió este avance durante sus tres décadas en el poder. En la televisión por satélite se han infiltrado decenas de canales patrocinados por los saudíes. Incluso se han popularizado las muñecas con velo o los trajes de baño recatados. El dinero del petróleo del Golfo Pérsico se ha usado para saudizar Egipto. Nuestro país ha sido secuestrado por Arabia Saudí y ahora tenemos que luchar para liberarnos.

P.- ¿Es un riesgo para la democracia el conservadurismo de los Hermanos Musulmanes y su brazo político Libertad y Justicia?

R.- La Hermandad ha cambiado y ha adoptado un discurso más moderado. Inmediatamente después de la revolución, sus líderes rechazaban que un cristiano copto o una mujer pudieran aspirar a la presidencia del país. Ahora esos mismos dirigentes se comprometen a aceptar aquello que quieran y voten los egipcios. Desean mantener el apoyo popular y su presencia puede moderar el discurso de los salafistas, que nunca creyeron en la política. Hay señales esperanzadoras en la aspiración de los Hermanos Musulmanes de imitar a Turquía. Sólo hay que mirar a las dirigentes de los Hermanos: todas son abogadas, doctoras o profesoras que se dedican a labores de caridad y que también hacen política.

P.- Las urnas, en cambio, han situado a los liberales como un actor residual…

R.- Lo que necesitamos es que las fuerzas liberales realmente se unan, trabajen duro sobre el terreno y divulguen su mensaje. Es el único modo de salvar el país.

P.- Egipto elegirá al sucesor de Mubarak el 23 y 24 de mayo. ¿Habrá juego limpio?

R.- Mi temor es que los militares traten de colocar a algunos de los suyos como Ahmed Shafiq (comandante retirado del Ejército del Aire y ex primer ministro) y Omar Suleiman (ex jefe de la Inteligencia y vicepresidente). Han intentado enfrentar al pueblo con los revolucionarios y convencerles de que el país necesita ser administrado con mano de hierro. Por eso seguimos sufriendo el vacío de seguridad y se ha explotado el miedo al desastre económico. Ahora, además, han comenzado a atacar a los islamistas.

P.- Pero los dos protagonistas de la transición, militares y Hermanos Musulmanes, están condenados a entenderse…

R.- Se habló de un acuerdo bajo la mesa que establecía repartirse el poder: un Parlamento islamista y una presidencia en manos del Ejército. Como saben que el pueblo no aceptará un candidato militar, están maniobrando para respaldar a un títere que respete su presupuesto y el 40% que controlan en la economía local.