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Francisco Carrión

HISTORIAS

La II Guerra Mundial aún se cobra vidas en Egipto

  • Desde 1982 la explosiones han dejado más de 700 muertos y 7600 mutilados

  • La ONU y el ejército trabajan para completar la retirada de 17 millones de minas en 2016

  • EL MUNDO reúne el testimonio de las víctimas mutiladas y olvidadas de un conflicto ajeno

FRANCISCO CARRIÓN El Alamein (Egipto)

“Iba caminando por el desierto cuando encontré una mina. La toqué sin saber que era y explotó. Una ambulancia me llevó a Alejandría y no recuerdo nada más. El amigo que me acompañaba murió”, relata a EL MUNDO Jaled, un pastor de 56 años al que la detonación le arrancó el brazo derecho. “Desde entonces evito internarme por aquellos campos en los que sospecho que pueden quedar minas”, reconoce mientras mira de soslayo al rebaño.

‘Desde El Alamein jamás conocimos una derrota’

unaminaarrancoelbrazoderechodeGasar_JaledSus cabras pacen a unos metros de uno de los cuidados cementerios donde reposan los miles de soldados extranjeros caídos en las dos contiendas que durante 1942 cambiaron el curso de la II Guerra Mundial en África y se convirtieron en punto de inflexión del conflicto. En noviembre de aquel año la segunda batalla de El Alamein precipitó el ocaso del nazismo en el continente negro y brindó a los aliados su primer gran triunfo. Sus tropas rompieron las líneas germanas empujándolas hacia Túnez y tomando el control del Canal de Suez y el acceso a los yacimientos petrolíferos.

“Antes de aquello nunca cosechamos una victoria. Después jamás conocimos una derrota”, confesó el primer ministro británico Winston Churchill. Setenta años después de aquella refriega que se cobró decenas de miles de víctimas, la piel árida de esta región egipcia -a unos 100 kilómetros de Alejandría, la segunda ciudad del país- limita con el azul intenso del mar Mediterráneo y un desierto infestado por 17 millones de minas y otros artefactos explosivos, entre misiles y obuses.

La vasta planicie donde las llamadas “ratas” del mariscal inglés Bernard Law Montgomery doblegaron a las tropas germanas de Erwin Rommel -el mítico “Zorro del Desierto”- esconde la metralla que durante la II Guerra Mundial le valió el sobrenombre del “jardín del diablo” y que obligó a los soldados de ambos bandos a emplear bayonetas para sondear el terreno y esquivar la muerte.

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“Conozco a mucha gente que fue directamente a la tumba. Yo gracias a Dios solo perdí dos dedos”

Metmawah Abdel

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La población local, campesinos y beduinos nómadas, son las víctimas olvidadas de un conflicto ajeno que desangró el siglo XX. La explosiones esporádicas de minas han dejado más de 700 muertos y 7600 mutilados, según el censo parcial elaborado a partir de 1982. El parte es mucho más elevado porque las décadas previas carecen de cifras. “Conozco a mucha gente que fue directamente a la tumba. Yo gracias a Dios solo perdí dos dedos mientras buscaba leña para hervirme el té”, cuenta el septuagenario Metmawah Abdel.

“Solo sé que alemanes e italianos hicieron la guerra contra los ingleses”, indica Metmawah, quien recibió en 1987 unas 300 libras (30 euros) a modo de exigua indemnización estatal. “Al principio había alambradas para advertir del peligro pero luego desaparecieron y la gente colocaba sacos de piedras para señalizar las minas”, explica.

La deuda histórica de las potencias occidentales

El Ejército egipcio, con la financiación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), trata ahora de limpiar una de las principales zonas minadas del planeta -que compite en tan infame clasificación con Afganistán, Angola o Bosnia- y erradicar así el horror que ambos bandos sembraron para detener el avance enemigo. En total son cerca de 300.000 hectáreas que se extienden desde la costa hasta la depresión de Qatara y la frontera con Libia.

Metmawah_Abdel_perdiodosdedosporunaminaLa tarea se ha completado ya en zonas como las 12.000 hectáreas cedidas el pasado marzo a las autoridades locales para la construcción de una nueva ciudad. Pero continúa siendo una aventura titánica y azarosa. “Disponemos solo de algunos mapas de batalla pero no de la localización exacta de los explosivos que se colocaran a toda prisa, sin cumplir las normas rutinarias ni ser señalizados”, explica a este diario Fathi el Shazli, director de la Secretaría para el Desminado de la Costa Noroeste egipcia.

“Retirar las minas es la labor más dura del mundo, especialmente cuando no existe ningún tipo de información sobre la ubicación”, ratifica el general Efat Adib Megali, máximo responsable de Armamento del cuerpo de Ingenieros de las fuerzas armadas. “Nos llevó un año limpiar 12.000 hectáreas. Se puede hacer más rápido pero depende de la financiación y el personal que podamos dedicar”, matiza.

El plan, que emplea actualmente a unos doscientos artificieros del ejército, se ha marcado 2016 como meta para el desminado completo. La financiación, sin embargo, resulta escasa. El Shazli denuncia que la ayuda económica de las potencias responsables de la contienda es insuficiente: Italia jamás entregó ni un sólo euro; Reino Unido ha enviado 378.000 dólares; Estados Unidos ha aportado un millón de dólares y Alemania -la más espléndida- dos millones de dólares. Otras potencias involucradas como Japón o Australia han realizado aportaciones menores.

Las minas que estrangulan el desarrollo económico

jovenesconrestosdeartilleriadelaIIGMqueaunpermaneceneneldesiertoEl coste estimado de la última fase del proyecto se dispara hasta los 20 millones de dólares. La mitad, detalla la analista del PNUD Rania Hedeya, se destinará a tareas de concienciación entre la población local -con los varones y la infancia como objetivos prioritarios- y a costear las prótesis y un futuro laboral a los mutilados. “Hemos empezado a hablar del desminado como un problema de desarrollo y no como un asunto político”, apunta la experta volcada en buscar donantes para completar el proyecto.

“No es cuestión de filantropía sino de responsabilidad moral”, insiste El Shazli. Una reparación histórica que explica la negativa de El Cairo a rubricar el Tratado de Ottawa de 1997 que prohíbe el uso, desarrollo, almacenamiento y transferencia de minas mientras los países involucrados en el minado de El Alamein no reparen su deuda. Y es que el rastro de explosivos ha estrangulado el desarrollo económico del lugar volviendo improductivos inmensos campos aptos para la agricultura, el pastoreo o la explotación de unos yacimientos de petróleo que, según algunas estimaciones, podrían rondar los 4.800 millones de barriles.

En cambio, la tragedia ha llenado los pequeños y humildes poblados de prótesis y mutilados. A sus 83 años, Daub Mesri ha perdido a trece familiares alcanzados por la metralla extraviada de una batalla ajena. “Nuestra pesadilla comenzó cuando Hitler mandó retirar las alambradas que los británicos colocaron alrededor de los campos minados”, se lamenta.

Daub es un anciano que conserva la agilidad del chiquillo despierto que aprovechó la guerra para arañar unas libras comerciando con víveres entre los batallones de soldados. “Trabajé a las puertas de los cuarteles vendiendo plátanos, mandarinas y huevos. Después de meses con ellos aprendí algunas palabras en inglés e italiano”, evoca desde la desvencijada estación a la que arribaban los ferrocarriles cargados de uniformados. “No fue nuestra guerra. Fue un conflicto entre británicos, estadounidenses, franceses, alemanes e italianos. Ellos se fueron. Nosotros todavía lo sufrimos“.