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Francisco Carrión

HISTORIAS

La nueva fe de los náufragos de El Cairo

 

Sucede a veces que un par de minutos separan dos mundos. El viejo ferry que lleva hasta los campos de maíz de la isla de Al Warrak enlaza el tráfico enfurecido de la capital con la vida sin lujos de una porción de tierra que flota en medio del Nilo. Olvidados durante décadas, la victoria del islamista Mohamed Mursi ha traído un rayo de esperanza a sus castigados habitantes.

«Nos faltan muchas cosas. No hay alcantarillas ni caminos asfaltados ni agua potable», relata a ELMUNDO.es el joven Karam Magdi. Es mediodía y este alfarero de 22 años camina ocioso cerca de un precario embarcadero, que es el único cordón umbilical con el gigante cairota. «Es que también necesitamos un puente», aclara Karam.

Según el censo estatal, unas 40.000 personas residen en una isla donde los únicos medios de transporte son los burros y los tok tok, las motocicletas de tres ruedas y carrocería ligera que aguardan la llegada del transbordador. El camino que bordea la orilla de juncos y rudimentarias barcazas es una llanura polvorienta que los tok tok cruzan a toda velocidad.

Varado en el tiempo, este universo de agricultores y pescadores está a tan solo media hora del centro de El Cairo. Y río arriba, el curso del Nilo se topa con la isla de Zamalek, un refugio para occidentales que muestra los abismos sociales del país. Lejos de sus calles pavimentadas y el trajín de sus embajadas, las polvorientas veredas de Al Warrak atraviesan arroyos donde chapotea el parvulario y sencillas viviendas de adobe como la del ama de casa Farhan Abdelfatah.

A unos metros de su establo, donde reposa plácidamente una vaca, la mujer de 49 años detalla las demandas que dirige al flamante presidente: «Necesitamos un hospital, porque la clínica que hay no es suficiente, y una escuela de bachillerato. Mi hija debe cruzar el río cada día para estudiar en la ciudad y tengo miedo de los malos muchachos». Farhan posee, en cambio, un fe ciega en Mursi. «Va a reformar nuestra vida», apostilla.

«Compramos herramientas y plástico viejos… Compramos de todo», vocea un comerciante mientras se adentra con su motocicleta en el laberinto de las casas. Yasmin Ali, de 17 años, lo observa desde el zaguán de su domicilio. «Mursi será un gran presidente porque hará cosas buenas por el pueblo», comenta quien abandonó los estudios para ocuparse del hogar.

Como el resto del vecindario, Yasmin confía en los Hermanos Musulmanes con el recuerdo amargo de Mubarak. Nadie ha olvidado aún que el gobierno del faraón proyectó transformar la isla en un complejo turístico. Entonces fue la determinación de los habitantes de Al Warrak la que frustró los planes de la dictadura. Y, como castigo, las autoridades suspendieron la construcción del puente. A falta de conexión por tierra, las mujeres recurren al destartalado barco para transportar bidones de agua y viandas.

El mantra de los isleños, que forman parte de esa mitad de la población egipcia que vive bajo el umbral de la pobreza, se repite en la peluquería de Amr Gad. «Hacen falta tuberías, caminos asfaltados, trabajo para los que están en paro y bajar los precios de los alimentos», opina el barbero. A su juicio, «después de sufrir el antiguo régimen, era tiempo de probar a los nuevos» en referencia a la Hermandad. «Necesitábamos un presidente justo para administrar este país», concluye.