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Francisco Carrión

HISTORIAS

Los asesinos de Sadat dejan las armas y optan por la vía política

El 6 de octubre de 1981 la televisión transmitía una procesión de monótonos ademanes marciales cuando la respiración de millones de egipcios se detuvo de súbito. El presidente Anuar al Sadat contemplaba plácidamente un desfile militar para conmemorar la victoria árabe contra Israel en la guerra del Yom Kippur de 1973. Sin tiempo para reaccionar, un grupo de uniformados, miembros de los grupos radicales Yihad Islámica y Al Gama Al Islamiya, abrieron fuego contra la grada de Sadat, que murió entre la desbandada nerviosa de los invitados.

El oficial Jaled Eslambuli, acusado de disparar a sangre fría al primer líder árabe que reconoció la soberanía de Israel en los acuerdos de Camp David de 1978, fue condenado a muerte y ejecutado un año más tarde.

Bajo la Presidencia de su sucesor, Hosni Mubarak, el Estado egipcio persiguió sin clemencia a todos los implicados en el asesinato de Sadat. A Abud el Zomor y su primo Tarek, dos militares y dirigentes históricos de las organizaciones que urdieron el magnicidio, se les atribuyó la autoría intelectual del crimen y purgaron su culpa con un largo período entre rejas hasta que se produjo su liberación el pasado 12 de marzo.

«Yo propuse la ejecución de Sadat porque deseaba un cambio total de régimen. La situación era insostenible. Un mes antes de su muerte, emprendió una campaña de arrestos no sólo contra nosotros sino también dirigida contra políticos liberales, izquierdistas y coptos», explica a EL MUNDO, con un discurso de mesurado tono, Abud, desde su residencia de Nahia, en las afueras de El Cairo.

El pueblo del clan de los Zomor, un humilde arrabal de calles sin pavimentar, posee un animado mercado de hortalizas y carne y sus tierras fértiles están bañadas por el agua de un canal donde se acumulan cientos de bolsas con desechos.

Entre el laberinto de calles jalonadas por inmuebles sencillos y destartalados, emerge imponente la finca de los Zomor como si se tratase de un espejismo. «Si hubiera existido un mecanismo para pedir cuentas al presidente, no habríamos recurrido al asesinato», sostiene Abud, de 64 años, vigilado de cerca por su primo, cómplice también del homicidio de Sadat. Tarek ingresó en prisión con 22 años y aprovechó su larga reclusión para doctorarse en Derecho constitucional. Ha pasado los años más golosos de su vida pagando por aquel crimen. En el semblante serio de ambos no hay signos de arrepentimiento: «Si hay alguien que lamente el derrocamiento de Mubarak, nosotros pediremos perdón por el asesinato de Sadat. Los dos representan un mismo régimen que humilló al pueblo, falsificó las elecciones y luchó contra todas las fuerzas opositoras».

Tarek señala que en los 80 la mayoría de los integrantes de Al Gama Al Islamiya (Asamblea islámica, en árabe) eran «veinteañeros universitarios que obedecían las órdenes de Omar Abdelrramán», el líder espiritual de la organización, que cumple actualmente cadena perpetua en Estados Unidos por su participación en el atentado a las torres gemelas de 1993.

Conocedor de la guadaña que acechaba a Sadat, Tarek aguardó su trágico final sin despegarse del televisor. «Sentí que estábamos a punto de sacar a Egipto de las garras de Sadat e iniciar una revolución popular como la que triunfó el pasado febrero. Hubo muchos obstáculos que frustraron nuestro propósito».

Treinta años después, las circunstancias que envolvieron aquel traumático suceso alimentan aún hipótesis de oscuras conspiraciones. Una de las hijas del presidente asesinado, Ruquia al Sadat, presentó la semana pasada una denuncia en la Fiscalía General egipcia en la que acusa a Mubarak de estar detrás del asesinato. «Es completamente falso. Mubarak era uno de los blancos en el estrado y se salvó porque huyó y logró esconderse detrás de una silla», afirma Tarek.

De su vida carcelaria, los Zomor recuerdan que entre 1982 y 1984 compartieron prisión con Ayman al Zawahiri, considerado el número dos de la organización terrorista Al Qaeda, y al que Tarek describe como «una persona humilde y buena pero furiosa con la política estadounidense en la región». En seguida, Abud pone tierra de por medio con la red de Osama Bin Laden: «Rechazamos el asesinato de civiles inocentes en Occidente y de los turistas que vienen a Egipto. Condenamos los atentados de Madrid, Londres y Nueva York. Nuestro conflicto no es con ellos sino con sus gobiernos, que nos agreden y trabajan para desprestigiar la imagen del islam en el mundo». Tampoco convencen a estos dos hombres reivindicaciones planteadas por Al Qaeda, como la conquista de Al Ándalus. «Hasta ahora no hemos podido liberar el mundo árabe de la ocupación política y económica estadounidense. ¿Cómo vamos entonces a pensar en liberar Al Ándalus?», se interroga Tarek, manteniendo el discurso conciliador.

La revolución que liquidó la dictadura de Hosni Mubarak ha alterado definitivamente la estrategia. «El 25 de enero [primera jornada de protestas] se abrieron las puertas de la libertad. Ya nada justifica volver a tomar las armas. Estamos ante una nueva etapa cuya base es el trabajo pacífico».