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Francisco Carrión

HISTORIAS

Mubarak ante el juez: ‘No soy culpable, niego todas las acusaciones’

Tumbado como un finado a las puertas de la morgue. Enjaulado como un viejo e incrédulo león que ha perdido todas las batallas. «Mohamed Hosni Sayed Mubarak», declamó ayer el juez Ahmed Refaat. «Presente, su señoría», gruñó el anciano faraón. La Fiscalía le acusa de corrupción y de matar a más de 850 manifestantes durante los 18 días de protestas que forzaron su salida. El reo aseveró: «Niego categóricamente estas acusaciones».

El héroe militar, disminuido y despojado de poder y salud, asistió al inicio de la autopsia judicial a tres décadas de reinado.

A primera hora de ayer, el presidente derrocado abandonó en ambulancia el hospital Internacional de Sharm el Sheij, la ciudad de pescadores que él modeló hasta convertirla en un destino internacional. A bordo de un avión sobrevoló la península del Sinaí, recuperada tras la guerra de 1973 que lo llenó de gloria. Cruzó el Canal de Suez, una cotizada hendidura que el nacionalismo árabe arrebató al colonialismo. Y aterrizó en el aeropuerto militar de Almaza, en la capital egipcia. Desde allí, atravesó en helicóptero el cielo de la madre del mundo, como los árabe conocen a la megalópolis cairota que habitan más de 20 millones de almas libres. El dictador destronado tal vez comprendió entonces la magnitud de su derrota.

En 18 días de maldita revolución perdió todos los honores y frustró el sueño de una despedida digna. «¡Ladrón! ¡Asesino!», gritaron a lo lejos varios cientos de manifestantes cuando el helicóptero tomó tierra en la Academia de Policía habilitada para albergar el juicio contra Mubarak, sus hijos Alaa y Gamal, el ex ministro del Interior Habid al Adli y seis antiguos colaboradores. Un millar de policías rodeó el vasto complejo levantado en el este de El Cairo, cerca del barrio de Tagamo James.

«Aún no soy consciente de lo que está sucediendo esta mañana. Es más de lo que podríamos haber imaginado nunca», confesó a EL MUNDO Samah Ahmed, una joven de 26 años mientras despachaba tuits desde su teléfono móvil. Durante los días previos a la apertura del proceso, ríos de tinta se habían escrito sobre la más que probable ausencia del dictador. Todos especulaban con que cualquier excusa revestida de imprevisto eximiría a Mubarak de asistir al escarnio público. Pero al final no hizo falta maldecir a su salud ni a los atajos de un abogado que dedicó las últimas semanas a divulgar el delicado estado de salud del presidente depuesto. No funcionó el perdón ni la evasión. Y sólo hubo un ausente: el magnate Husein Salem, que posee nacionalidad española y se encuentra detenido desde junio en Madrid.

El juicio comenzó hacia a las 10.00 horas con extraña puntualidad. «Egipto es una gran nación y merece este momento histórico. Nos enorgullece estar aquí», declaró el juez. Para entonces, las últimas incertidumbres habían naufragado con el fogonazo de un octogenario postrado en una camilla y transportado hasta el interior de una jaula de hierro, un cubículo habitual en los procesos penales egipcios. De pie y junto al cuerpo presente de su progenitor Alaa y Gamal, vestidos también con la camisa y el pantalón blancos reglamentarios.

Ante un reducido auditorio de abogados, familiares de los mártires de la revolución y periodistas, un miembro de la Fiscalía egipcia recitó las acusaciones que el dictador comparte con el resto de banquillo. Según el Ministerio Público, Mubarak y Al Adli toleraron que los agentes de la policía dispararan y atropellaran a los revolucionarios. La represión arrebató la vida de más de 850 personas e hirió a otras 6.000. El ex presidente y sus vástagos están acusados también de corrupción. Aceptaron cinco lujosas viviendas y otras propiedades valoradas en cuatro millones y medio de euros a cambio de ceder al empresario Husein Salem preciados terrenos en Sharm el Sheij. Y consintieron al ex ministro de Petróleo Sameh Fahmi la venta de gas a Israel por un precio inferior a su valor real en el mercado a través de una compañía de Salem.

El autócrata, que permanecía bajo arresto en el Sinaí desde el pasado 13 de abril, no debía haber escuchado jamás un radiografía tan sórdida de su régimen. Y, llegado el momento oportuno, no dudó: «Niego categóricamente todas estas acusaciones». Un hilo de voz articulado con las últimas fuerzas y los rescoldos de una dignidad humillada. Sus vástagos tampoco aceptaron el informe de la Fiscalía y, con un libro en la mano -probablemente un ejemplar del Corán- se declararon inocentes.

El temido brindis al sol se terminó convirtiendo en una ceremonia tan seria como permitió una barahúnda de abogados. Al primer conato de caos, el juez amenazó con expulsiones. Y todo se volvió manso. Un oasis a salvo de las intermitente lluvia de piedras con la que defensores y detractores del dictador se saludaron extramuros bajo un sol de justicia. Una menguada representación de acólitos del rais frente a varios centenares de revolucionarios y familiares de mártires. Medio centenar de personas resultaron heridas en los choques.

«Estamos tristes y cansados. Soportamos insultos diarios. Este país sin Mubarak no es país», dijo a este diario Islam Badr, un médico de 32 años. «Mire a su alrededor. Él hizo todo lo que ve. Este lugar era un desierto y observe ahora», agregó Badr mientras señalaba el horizonte de viviendas adosadas que despunta al otro lado de la carretera. Una furia mesiánica que resumía, entre sollozos, la nostálgica Walla Abul Sheid: «No puedo verle en una jaula. Él es nuestro padre y presidente. ¡Odio Tahrir, detesto el 25 de enero [inicio del clamor popular] y maldigo a esos revolucionarios!».

Y en la otra trinchera, separada por un cordón policial, los protagonistas del cambio recibieron con zapatos en mano las imágenes de Mubarak difundidas a través de una pantalla gigante. Seis meses después, el recuerdo duele entre los familiares de los asesinados. Mohamed Goma perdió a su hermano el fatídico 28 de enero. Aquel viernes de apagón informativo y batalla campal la obstinación de un régimen por mantenerse en pie se llevó por delante la vida de un profesor de árabe. «Era un tipo educado y jamás se enfrentó a nadie. Solo quería libertad y dignidad. Ellos lo asesinaron sin compasión».