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Francisco Carrión

HISTORIAS

«Nadie es profeta en Tahrir»

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Al sur de Tahrir una tapia de hormigón ha transformado la inhóspita travesía de Mohamed Mahmud, el epicentro de las revueltas, en un callejón sin salida. A cada lado del muro, revolucionarios y soldados custodian un frágil alto el fuego negociado por los funcionarios de la Universidad de Al Azhar, la institución suní más prestigiosa del mundo. «Estamos hasta las narices de los militares», protesta Saad Hamdi, un joven de Alejandría que desde el pasado sábado pernocta sobre el cemento de la plaza al abrigo de una manta ajada y sucia.

«Aquí la guerra nunca acaba. Hacemos turnos de vigilancia porque la policía puede volver a avanzar en cualquier momento y conquistar Tahrir con gases lacrimógenos», explica el veinteañero mientras camina tratando de ocultar la cojera. «El martes me dispararon seis balas de goma en la rodilla cuando rezaba».

A unos metros, el médico Hisham Ibrahim disfruta de la tarde absorto con la cadencia del coloquio que sostiene con dos estudiantes. Una sobremesa extrañamente ociosa después de jornadas en las que trabajó sin descanso para asistir a una legión de dolientes. «Gracias a Dios se ha declarado una tregua. Pero seguimos preparados», advierte. Según las últimas cifras, 38 personas han perdido la vida y otras 3.256 han resultado heridas desde el inicio de los choques el pasado sábado.

Enfundado en su bata blanca, Ibrahim asegura conocer la cura que necesita un Egipto fracturado por las barricadas y las trincheras. Y despacha la receta a vuela pluma: «La Junta Militar debe retirarse y entregar el poder a un consejo de salvación nacional integrado por los cuatro candidatos presidenciales que representan el alma del país: Abul Futuh (islamista), El Baradei (liberal), Sabahi (izquierdista nasserista) y Musa (ex aliado de Mubarak)».

«Alá, ayúdanos a derrotar a los militares y a todos los enemigos de la nación», ruega Mona Mahmud oculta bajo un niqab (la prenda que oculta todo el cuerpo salvo los ojos) cuando el cielo obsequia a los habitantes de Tahrir con una fugaz llovizna. Viuda y con cinco hijos, esta piadosa enfermera desmiente que el corazón de la revolución egipcia sea «una única mano» como expone el dogma de la multitud. «Cada cual aquí defiende lo suyo: los miembros de 6 de abril (un movimiento juvenil) y los liberales quieren un Estado laico. Salafistas y Hermanos Musulmanes defendemos un régimen islamista. Esto realmente es un caos», sentencia entre risas.

La noche cae sobre el perímetro sin que Hasan, un desempleado de 24 años, haya agotado la calórica mercancía con la que a bordo de su motocicleta llega al lugar cada mediodía. Sus 200 unidades diarias de koshari -una comida local preparada con arroz, lentejas, garbanzos y macarrones- compiten en el improvisado mercado de Tahrir con el aroma de palomitas o mazorcas y frutos secos que se tuestan lentamente en el carro de un hombre ataviado con galabiya (túnica) y turbante.

«¡Presidente!, ¡Presidente!», corea una camarilla de adolescentes mientras uno de ellos cruza la plaza transportando en su hombros a un anciano fibroso que mueve con solemnidad su figura saludando a los presentes. «El próximo rais tiene que bajar a Tahrir y hablar con nosotros», defienden en uno de los tantos corrillos que se suceden por el kilómetro cero de la revolución. Ninguna voz -pobre o rica, instruida o llana- quiere quedar al margen. La de Amal Sarwa, una profesora de francés, sostiene que los disturbios son «un aviso a quien gobierne el futuro de Egipto». «Si trata de atentar contra el pueblo, caerá de inmediato. Ya no somos siervos de nadie. Son los políticos quienes deben servir a los intereses de la gente».

Y la de Ayman, encargado de limpieza en la línea de metro que cruza el subsuelo de Tahrir, aboga por barrer la corrupción del viejo régimen. «Hay mucho trabajo pero hay que empezar por limpiar nuestras almas».

En uno de los laterales de la explanada, el grito de Jaled sólo emite un deseo: «La plaza representa a los egipcios verdaderos. A quienes aman su patria y buscan la justicia y la libertad. Nadie debe ser el profeta de Tahrir».