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Francisco Carrión

HISTORIAS

Ni los generales ni los barbudos

Entre las tanquetas de los militares y la espada de los Hermanos Musulmanes existe un lugar para la equidistancia. Entre los buenos y los malos que proyecta la televisión estatal egipcia, existe un sitio para la disidencia. En la tercera plaza, como la han bautizado sus fundadores, habita el aún pequeño universo de los que se resisten a optar por el mal menor. La iniciativa, un fogonazo de sentido común en un país devastado por el maniqueísmo, nació el pasado viernes.

Justo la jornada en la que el espejo arrojó la imagen de un Egipto partido en dos pedazos: Tahrir, la malherida plaza que derrocó a Mubarak, se entregó al ardor guerrero y la glorificación del comandante en jefe de las fuerzas armadas ,Abdelfatah al Sisi, mientras los alrededores de la mezquita de Rabea al Adauiya invocaba a dios y su último profeta, el derrocado presidente Mohamed Mursi.

Al caer la noche, con los cristales rotos de la polarización, unas decenas de activistas tomaron las calles del barrio cairota de Mohandisin. Se citaron en la plaza de la Esfinge, a los pies de la estatua del Premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz, y recuperaron el cántico que inició las protestas del 25 de enero de 2011: “Pan, libertad y justicia social”.

“Es una respuesta a la situación que vivimos, en la que parece que tenemos que elegir entre el ejército y la Hermandad. Y la verdad es que no estamos ni con unos ni con otros”, relata a EL MUNDO el activista Tarek Shalabi a unos metros de la marcha que diariamente recorre las calles del distrito sumando a nuevos adeptos. “Somos los revolucionarios. No formamos parte del campamento de unos islamistas que traicionaron la revolución aprovechándose de ella ni apoyamos al ejército, la policía o los felul (remanentes del régimen de Mubarak) porque también están en contra de las demandas del pueblo”, recalca.

No todos los jóvenes que hace dos años y medios le ganaron el pulso al caudillo abrazan esta tercera vía surgida tres semanas después del golpe que abortó la primera transición democrática. Algunos han quedado atrapados en la retórica de “la lucha contra el terrorismo” lanzada por los uniformados o en la inquina hacia una Hermandad cuya erradicación apoyan y celebran. “Algunos revolucionarios están satisfechos con lo que ha sucedido y con la existencia de un supuesto Gobierno civil. Yo creo que esto es una mascarada que no nos conduce a la democracia”, reconoce a este diario Aalam Wassef, célebre entre la histórica disidencia por los vídeos subversivos elaborados y difundidos durante la dictadura de Mubarak.

Como él, hay muchos que desconfían de una cúpula castrense cuya desastrosa tutela de la transición dejó sangrientos episodios de represión o más de 12.000 civiles juzgados ante tribunales militares. “Se ha vuelto a cantar aquello de que el ejército y el pueblo son una mano. El ejército o la policía no han cambiado, pero parte del pueblo sí. No tenemos miedo y no vamos a permitir la involución”, advierte el activista.

Su último trabajo, convertido en un hit, reconstruye con ironía la turbadora pesadilla que padecen los protagonistas del levantamiento de 2011. El vídeo muestra a Wassef recogiendo estoicamente la ropa de un tendedero. Es viernes y de la calle llega el zumbido de los helicópteros militares. La voz en off canturrea: “Los revolucionarios son hoy miembros del partido del sofá”. “Los Hermanos Musulmanes son restos del régimen de Mubarak y los verdaderos restos son vistos como revolucionarios. Es la historia surrealista de Egipto”, dice el resto de la letrilla.

“Es bueno que la tercera plaza exprese su rechazo a los regímenes militar o de la Hermandad. Una de las corrientes que participó en las manifestaciones del 30 de junio (inicio de las protestas contra Mursi) es la mubarakista. Otra, que se entremezcla con la anterior, está dispuesta a aceptar un liderazgo militar explícito e implícito”, explica Ibrahim Awad, politólogo de la Universidad Americana de El Cairo. Sin embargo, el reto de esta tercera vía desencantada con actores como el Frente de Salvación Nacional –la débil y heterogénea alianza de partidos liberales e izquierdistas– es “la falta de un liderazgo político democrático apoyado por una organización eficiente”. “Ha sido un problema desde enero de 2011. Entonces era comprensible tras décadas de represión. Ahora la cuestión amenaza con ser estructural”, apostilla.

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[tab title=”Tres enemigos a batir”]

 

>Junta Militar. La iniciativa –integrada por el movimiento juvenil 6 de abril o los trotskistas de los Socialistas Revolucionarios– aclara que su rechazo no se dirige al ejército sino al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y su ambición política. Nadie olvida los dramáticos 16 meses en los que los generales pilotaron la transición. En octubre de 2011, los uniformados convirtieron una marcha de cristianos coptos ante la radiotelevisión pública en un baño de sangre que se cobró 28 vidas. “Bajamos a la calle en contra de Tantaui [el entonces líder de la cúpula castrense] y sus camaradas que insultaron al ejército egipcio durante el periodo transitorio”, recuerda el grupo en un comunicado.

>Hermandad. Los Hermanos Musulmanes, fundados en 1928 por Hasan al Banna, constituyen el segundo pilar contra el que se rebela la tercera plaza. El movimiento islamista y su brazo político La Libertad y la Justicia, a los que pertenece Mursi, vencieron en las elecciones parlamentarias y presidenciales de los dos últimos años. Los revolucionarios les acusan de intentar edificar un “Estado islámico” y traicionar las demandas de la revolución en favor de los intereses del grupo y sus aliados salafistas.

>’Felul’. Los restos del régimen de Mubarak, llamados así en el argot popular, han vuelto por sus fueros. Participaron en la caída de Mursi y tienen su bastión en el “Estado profundo”. Varios ministros del nuevo Gabinete desempeñaron cargos de responsabilidad en el denostado Partido Nacional Democrático (PND), disuelto por la justicia meses después de la revolución y la formación que monopolizó la vida política durante las tres décadas de Mubarak. Es el símbolo de la corrupción. “Somos un grupo de egipcios que participó en la revolución de 2011 contra la corrupción del Estado de Mubarak”, precisa el grupo. / F. C.

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