instagram arrow-down
Francisco Carrión

HISTORIAS

«Nos violaron para amenazar a los egipcios»

La mirada vidriosa de Samira Ibrahim permanece clavada durante unos segundos en el ventanal de uno de los cafés más distinguidos del viejo barrio colonial cairota. Su figura, cubierta con un coqueto hiyab y enfundada en unos vaqueros ceñidos, mantiene un silencio eterno mientras sus ojos confían la huida a un cristal que proyecta fogonazos nocturnos de «la victoriosa». Tan invencible como la ciudad de los mil minaretes, la joven de 25 años que se pierde en los contornos oscuros de la calle, con el bolso recostado en el regazo de sus piernas, abandona la quietud para marcar sus líneas rojas. «Lo he contado mil veces y no lo haré una vez más», advierte al periodista cuando se le invita a recordar el 9 de marzo de 2011.

Aquel día Ibrahim recorrió los 470 kilómetros que separan la capital egipcia de su Sohag natal, una ciudad de 200.000 almas situada en el Alto Egipto, para sumarse al grito de «Libertad y derechos para las mujeres». La protesta, celebrada en la venerada plaza de Tahrir al calor del día de la mujer y sobre los rescoldos de los festejos por el dictador caído, acabó ahogada en el puño de los militares.

Junto a otras 16 manifestantes, la joven fue arrestada y trasladada al Museo Egipcio, sede de la mayor colección de arte faraónico del mundo transfigurada en centro de detención y tortura. «Nos golpearon y nos maltrataron con descargas eléctricas», recuerda fugazmente. Luego, dieron con sus huesos en una prisión militar donde tuvo lugar el dramático pasaje cuyo relato Ibrahim rechaza evocar.

Bajo la amenaza de acusarlas de prostitución, las mujeres fueron obligadas a formar una hilera y esperar su turno para someterse a la prueba de virginidad. En una estancia abierta, rodeada de soldados armados con móviles provistos de cámara, un médico examinó a Ibrahim y determinó que, ante la ausencia del himen, la joven ya había mantenido relaciones sexuales. Los resultados de la práctica, tildada de tortura por Amnistía Internacional y cuya validez científica es muy discutida, cayó sobre las víctimas con el peso de la deshonra.

Como una mancha, imperdonable en una sociedad conservadora y devota, destinada a padecerse en la clandestinidad hasta la última lágrima. «Han desaparecido porque tienen miedo. El caso es dramático porque dos de ellas han sido repudiadas por sus familias», denunció a este diario Magda Adly, directora de la primera organización que escuchó su dolor, cuando en junio un general anónimo quebró el mutismo del ejército y reconoció la existencia de tales exámenes.

«Las jóvenes no eran como su hija o la mía. Habían acampado con manifestantes varones en Tahrir y encontramos cócteles Molotov y drogas en sus tiendas de campaña», justificó entonces el militar, convencido de que las pruebas habían cerrado la puerta a que las víctimas usaran como artimaña denunciar posibles violaciones a manos de los soldados.

El silencio alcanzó a todas las protagonistas de la tragedia salvo a Ibrahim, que emprendió una infatigable pugna judicial que ha comenzado a dar sus frutos. A finales del pasado diciembre un tribunal administrativo condenó estos procedimientos al considerarlos ilegales. Y mañana Ibrahim acude por enésima vez a una corte militar para escuchar la sentencia contra el doctor encargado de practicar las pruebas.

Esta ex directora de marketing de una empresa de cosméticos, que perdió su empleo por no cerrar la boca, está decidida a entregar su energía en todas las batallas. «Desde hace un año me siento más fuerte. Tras salir de la cárcel necesité dos meses para que las heridas cicatrizaran. Estoy furiosa y descontenta con este régimen represor», afirma orgullosa de disfrutar del apoyo familiar. Y es que fue su padre, empresario de la construcción y militante de la ex organización terrorista Al Gama al Islamiya, quien primero supo de su drama. «Él me enseñó a romper las paredes del miedo. El resto calló pero yo opté por hablar porque la Junta Militar jugó con nuestra virginidad para lanzar con la violación una amenaza a todos los egipcios, hombres y mujeres».

Sus respuestas se suceden secas y breves mientras ella, recién llegada de su pueblo y huésped de un hotel en las afueras de la capital, atiende llamadas y tuits. «Egipto es un pueblo de machistas que usan a las mujeres como criadas», sostiene esta heroína acostumbrada a recibir amenazas de muerte y preocupada por el deterioro de los derechos de las féminas en un futuro administrado por uniformados y barbudos. «Es evidente que los revolucionarios hemos sido derrotados pero esta guerra no terminará nunca. Cuando concluyan los juicios contra los militares, me las veré con los islamistas, que me acusan de ser atea, alegre o cristiana».

 

[tabs]
[tab title=»Mujeres contra militares»]

Los abusos de la Junta Militar egipcia provocaron que miles de mujeres se manifestaran contra las violaciones y las pruebas de virginidad a los que fueron sometidas varias activistas detenidas durante la revolución de Tahrir. Marchas como la de la imagen -en apoyo a Samira Ibrahim, la mujer que se atrevió a denunciar los excesos hace ahora un año- dieron una dimensión de género a la revolución.

[/tab]
[tab title=»»][/tab]
[/tabs]