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Francisco Carrión

HISTORIAS

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Viaje a la ciudad fantasma de Sinyar

Desde la cima de la montaña homónima, Sinyar guarda aún la estampa de la ciudad que se desparramaba antaño por su ladera en dirección a una llanura árida y pajiza. El silo sigue ahí, con su espigado esqueleto dominando el horizonte de la villa, pero a su alrededor apenas quedan edificios que le acompañen en pie. La imagen precisa de la desolación que ha sepultado Sinyar emerge cuando, carretera abajo, el asfalto se interna en una geografía descosida por el plomo.

Los yazidíes, seguidores de una fe vinculada al zoroastrismo que las huestes del autodenominado Estado Islámico consideran “una adoración del diablo”, irrumpieron en la urbe en el siglo XII y continuaron poblando sus entrañas hasta convertirla en su feudo, una porción de tierra capaz de desafiar las órdenes e impuestos dictados por el poderoso invasor otomano.

Unas 40.000 almas residían en su callejero en agosto de 2014 cuando los adláteres de Abu Bakr al Bagdadi lanzaron la ofensiva que precipitó la tragedia. El embate yihadista dispersó a la colmena de Sinyar. Varias decenas de miles de habitantes se refugiaron en la colina cercana, donde resistieron días de asedio y hambre. Los menos afortunados fueron capturados por el IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) y padecieron un destino atroz: cientos fueron fusilados a sangre fría en las inmediaciones de la urbe y miles de mujeres fueron convertidas en esclavas sexuales y vendidas al mejor postor en los confines de Siria e Irak.

 

Sinyar fue liberada en noviembre

Tras quince largos meses anexionada al califato, Sinyar -a unos 110 kilómetros al oeste de Mosul, la capital “de facto” del IS en suelo iraquí– fue liberada el pasado noviembre en una operación que apenas necesitó 48 horas para limpiar el páramo de yihadistas. Pocos han sido, sin embargo, los que han accedido desde entonces a su núcleo urbano, arrasado por las escaramuzas.

“El 70 por ciento de la ciudad está completamente destruida. No hay agua ni electricidad“, maldice Naser Basha, líder local del Partido Democrático del Kurdistán mientras deambula por una avenida que -como el resto de la ciudad- luce un aspecto fantasmal. Si no fuera por el combatiente, que camina a paso firme y fusil en ristre, no habría rastro humano alguno. A ambos lados del bulevar se extienden las persianas metálicas de las tiendas que formaban el zoco de la ciudad. Las cancelas lucen desmembradas y con la “y” garabateada por los yihadistas para marcar despectivamente los negocios arrebatados a los yazidíes. En las calles contiguas, las viviendas han corrido la misma suerte que barrios enteros de Sinyar: sus armazones de cemento, golpeados por los bombardeos de la coalición internacional que lidera Estados Unidos, se hallan reducidos a escombros con sus tripas desperdigadas por doquier. En uno de los distritos con más solera, plantada en una cuesta sitiada por los cascotes, la iglesia católica siria de Jesús se ha salvado milagrosamente de ataques aéreos y cargas explosivas. “Destruyeron el altar y trataron de volar el edificio pero no lo consiguieron”, relata Basha. En su desvalijado interior varios bidones -ahora huérfanos de pólvora- dan fe de las malogradas intenciones yihadistas.

 

Una ciudad agujereada por los túneles

Durante el año y medio que Sinyar permaneció bajo el yugo del IS, los “muyahidines” (guerreros santos, en árabe) trataron de fortificar su preciada posesión y alejar la amenaza de la reconquista que acabó expulsándoles. Con tal propósito, horadaron el suelo de la villa hasta agujerear su perímetro. “Hemos hallado 72 túneles cavados por el ‘daesh’ [acrónimo en árabe del IS] para protegerse de los bombardeos y los ‘peshmerga’ [las tropas del Kurdistán iraquí] y moverse con facilidad de un lugar a otro. La mayoría tiene una longitud de 100 o 150 metros”, detalla Basha al descender a uno de los pasadizos que conecta el cuartel de la policía del IS con un inmueble anejo.

Forrados de costales, los muros de la comisaría aún preservan las antiguas pertenencias de los barbudos: un cinturón de explosivos con el nombre de su dueño escrito a mano, una peluca, pliegos de textos religiosos, mantas y un amplio arsenal de analgésicos. Pese a la evidente alegría con la que el centinela kurdo enseña el botín, el peligro sigue acechando cerca de la destrozada Sinyar.

Desde los progresos cosechados en noviembre, la línea del frente ha permanecido inamovible, a tan sólo ocho kilómetros del casco urbano. “Es cierto que no hemos avanzado pero es una decisión táctica. El problema no es liberar los pueblos cercanos sino controlarlos y mantenerlos”, admite el general Ismail Mohamed, máximo responsable de los batallones “peshmerga” que libran batalla contra el IS.

La guerra retrasa la reconstrucción

“El ‘daesh’ -asevera- cambia constantemente de estrategia. Nunca podemos bajar la guardia. Nos atacan a diario con mortero y tratan de sorprendernos periódicamente con militantes suicidas y coches bomba”. Tras meses de lamentos, Mohamed reconoce que “la comunidad internacional está proporcionando armas”. “Ahora sí tenemos armamento pesado y moderno para enfrentarnos al enemigo. Los ataques aéreos también han resultado decisivos”, agrega. No obstante, ocho meses después de cantar victoria, la labor de resguardar el terruño arrancado a los yihadistas consume todas las energías. “No tenemos escuela ni se han podido restaurar los servicios básicos. Estamos demasiado preocupados con el frente como para dedicarnos a la reconstrucción”, precisa el oficial.

 

 

Del antiguo vecindario solo medio centenar de familias ha recorrido el camino de regreso. Como Asmar, que retornó hace unos meses junto a su marido y vive en una casa prestada, uno de los pocos inmuebles que sortearon los proyectiles. “Fue muy duro volver y ver toda esta destrucción. Una de mis hijas se volvió al campamento de desplazados porque no aguantaba pasar la noche aquí. Cuando cae el sol solo queda la oscuridad y el ruido de los bombardeos que llega del frente”, cuenta la mujer.

Jero, su cónyuge, regenta una pequeña tienda de comestibles en el bajo de la casa. “Sinyar era una gran familia. Los yazidíes celebrábamos las fiestas con nuestros vecinos musulmanes y cristianos. Pero los musulmanes nos traicionaron”, replica el mercader de mirada perdida. En realidad, la mayoría de los retornados lo han hecho por pura necesidad. “Estamos aquí porque algún miembro de la familia es ‘peshmerga’. En mi caso, soy yo el soldado”, explica Takim Kamal, cuyo padre murió en manos yihadistas.

Alrededor de unos vasos de té, la tertulia deriva en una discusión sobre el incierto porvenir de la villa. “Necesitamos protección internacional. No confiamos en quienes nos protegen. Hemos padecido un genocidio y nadie nos ha auxiliado. Nadie se movió ante nuestro sufrimiento“, despotrica Jero, que no ha olvidado la espantada de los “peshmerga” cuando hace dos años los escuadrones del IS asaltaron su ciudad natal. “Estamos esperando a que los países occidentales nos ayuden a levantar una nueva Sinyar en otra ubicación. Aquí solo hay ruinas”, añade Takim.

 

Una clínica destartalada y sin médicos

 

Uno de los pocos lugares que ha resucitado de sus cenizas es la clínica, sita en mitad del pueblo y abierta para recibir a los heridos que procesionan desde las trincheras. En sus lúgubres estancias, sin embargo, se agolpan los catres destartalados y de sus techos cuelgan jirones de tela raída. “Hace tres días que no nos visita ningún médico. Aquí se tratan pequeñas heridas o se dispensan los primeros cuidados tras un ataque químico. Para los temas más serios hay que viajar a Sinune o Dohuk”, esboza Ezzadin Rosho, un joven dentista que cumple el servicio militar en los pasillos de este rudimentario hospital. Antes de comenzar la mili, gestionaba un centro médico en las montañas.

Lo abrí -dice- en el verano de 2014 tras ver morir a gente de cansancio y hambre“. Extramuros de la clínica, la noche va ocultando los restos despedazados de Sinyar. En las zonas habitadas, sus pobladores se repliegan a sus hogares. El IS no es la única amenaza. Desde que fuera recuperada, la villa es testigo de la tensa coexistencia que protagonizan las fuerzas kurdas iraquíes con los batallones desplegados por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y las Unidades de Defensa Popular (YPG), sus “camaradas” en el Kurdistán turco y sirio respectivamente. “Es cierto que existe una lucha interna”, apunta el general Mohamed. “El PKK solo busca originar problemas entre los kurdos”, lanza el “peshmerga” Shar Aref desde la retaguardia. El acuartelamiento donde espera órdenes está situado frente a un salón de celebraciones vacío. De su gloria pretérita solo parece haberse salvado el rótulo que predica el nombre del local: “Azadi” (Libertad, en kurdo).

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