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Francisco Carrión

HISTORIAS

Voces de una revolución torturada

Se cumplen seis años del inicio de las revueltas contra Mubarak

La represión ha enviado a la cárcel a decenas de miles de activistas

Donald Trump, los autócratas árabes te saludan

FRANCISCO CARRIÓN

El Cairo

“Durante los primeros cuatro días de arresto permanecí de pie con los ojos vendados y sin probar bocado. Pensé que acabaría desmayándome. Me interrogaron y me preguntaron por lugares y personas de las que jamás había oído hablar. Me dijeron que me caerían diez años de cárcel ante un tribunal militar. Al negar la acusaciones me colgaron de las piernas y me electrocutaron”.

Cuando Islam Jalil relata el infierno de la cárcel, sus ojos se humedecen y su voz se desmorona. Tiene 27 años y hasta que en 2015 unos agentes asaltaron su hogar y se lo llevaron esposado y encapuchado, era una prometedor director de ventas de una compañía egipcia que había conocido el despertar político en las revueltas que el 25 de enero de 2011 germinaron en la plaza Tahrir de El Cairo. Seis años después de jubilar a un dictador anciano y obstinado, la tierra de los faraones sufre los rigores del implacable invierno que en 2013 precipitó el golpe de Estado. Desde entonces, los activistas -desde izquierdistas hasta islamistas- se han reconciliado con las comisarías, la trena y las torturas.

“La situación es catastrófica. Los jóvenes hemos perdido la esperanza y las torturas son continuas en las cárceles”, admite en voz baja Islam en un céntrico café de la capital egipcia, a unos metros de la sede del temido ministerio del Interior. El veinteañero, nacido en una familia de clase media del delta del Nilo, fue excarcelado el pasado septiembre tras convertirse en icono de una campaña de Amnistía Internacional. Aún pesan sobre él dos procesos judiciales. Está acusado de pertenecer a un grupo clandestino, instigar la violencia y asaltar a unos agentes. Durante su presidio, transitó una retahíla de lúgubres centros de detención, cárceles y comisarías donde las vejaciones eran rutina.

“Tras aquellos primeros cuatro días de bienvenida, me recluyeron en una celda individual. Me desnudaron en dos ocasiones y me sometieron a descargas eléctricas en boca, cabeza y otros lugares sensibles. Pasé así un mes y luego me llevaron a un cuartel de la seguridad del Estado donde me ataron de pies y manos y me colgaron de un palo de hierro”, evoca sin escatimar detalles del periplo por las mazmorras del régimen que dirige el ex jefe del ejército Abdelfatah al Sisi. Su siguiente destino fue Lazughli, un edificio ubicado en el corazón de El Cairo célebre por ser uno de los símbolos de la tortura. “Éramos tantos -rememora- que nos dejaron en un pasillo. Comíamos de madrugada y solo se nos permitía ir al baño una vez al día. De fondo siempre se escuchaban los gritos de los que estaban siendo torturados“.

Desde la asonada, las prisiones egipcias albergan entre sus muros a más de 60.000 presos políticos, víctimas de una represión que ha ahogado hasta la más leve disidencia, según organizaciones de derechos humanos locales. A salvo de la luz pública, se han convertido en centros de tortura más de un lustro después de que la barbarie policial y su impunidad hicieran combustión con la pobreza y los abismos sociales en el perímetro revolucionario de Tahrir. “Las torturas más habituales son las descargas eléctricas; las palizas y otras prácticas más sádicas como apagar los cigarrillos en el cuerpo, colgar del techo a los detenidos, romper los dedos de pies o manos y arrancarles las uñas”, esboza a este diario Ezzat Ghoneim, director de la Coordinación Egipcia de Derechos y Libertades.

27 meses de cárcel por una camiseta contra la tortura

Un calvario que conoce bien Mahmud Husein, un activista de 21 años que pasó entre rejas 27 meses por el disparatado delito de lucir una camiseta con el lema “Una nación sin tortura” y una bufanda con el recuerdo de la revolución que largó a Hosni Mubarak. “Mi vida reciente se resume en comisarías, cárceles y tribunales. Había escuchado las torturas que se producen en prisión pero nunca pensé que resultaran tan atroces”, replica el joven, detenido el 25 de enero de 2014 y liberado el pasado marzo. “Pasé por tres prisiones y en cada una de ellas la tortura adoptaba una forma. En una nos dejaron desnudos en pleno invierno durante doce días. En otra nos hacinaron en una pequeña estancia a 150 personas. Nadie merece un trato así”, musita Mahmud, al que el cautiverio le ha causado secuelas en una pierna y un parón académico. “Les decía a los policías que me dolía la pierna y seguían golpeándome. Me abofetearon y recibí descargas eléctricas”, comenta el joven, empeñado en recuperar el tiempo perdido en su deambular por los infames penales egipcios.

Ante el vendaval de denuncias de violaciones de derechos humanos, el aparato policial del país más poblado del mundo árabe siempre replica negando que las torturas y las condiciones de las prisiones -que se han cobrado varias decenas de vidas en custodia- sean sistemáticas. Islam y Mahmud, que han sufrido detenciones fugaces desde su excarcelación, no tienen duda de que su testimonio es el de miles que no pueden o no se atreven a contarlo, sepultados por el viento en contra de una región en llamas y el apoyo de los Gobiernos occidentales a una nueva hornada de autócratas, abonados a las mismas fórmulas de “puño de hierro” que en el pasado sirvieron de caladero para los extremistas.

“Tenemos miedo porque ya sabemos que son capaces de hacer cualquier cosa”, confiesa Mahmud, cuya osadía de colocarse una camiseta contra los verdugos le convirtió en un icono de una generación alcanzada hoy por la persecución, el exilio interior o la diáspora. “Aquí el único futuro que nos queda es la cárcel pero no pienso rendirme. Sería aceptar su represión. Si no logramos la libertad para nosotros al menos que sirva para que la consigan los que nos sucedan. A pesar del sufrimiento y las torturas, la revolución está por llegar. Todos los pueblos merecen vivir con dignidad”, sueña el joven.